las valoraciones que han imperado hasta el presente): a este respecto se puede confiar en que los filósofos profesionales actúen como portavoces e intermediarios en estos casos particulares, después de que, por supuesto, hayan logrado plenamente transformar la relación entre la filosofía, por un lado, y la fisiología y la medicina, por otro —relación que en su origen es de fría reserva y sospecha—, en la más amistosa y fructífera reciprocidad.
A decir verdad, todas las tablas de valores, todos los «tú debes» conocidos por la historia y la etnología, necesitan primeramente una clarificación e interpretación fisiológica, en todo caso preferible a la psicológica; todas reclaman por igual una crítica por parte de la ciencia médica.
La pregunta «¿Cuál es el valor de esta o aquella tabla de “valores” y de moral?» se planteará desde los puntos de vista más variados. Por ejemplo, la cuestión de «valioso para qué» jamás se analizará con la suficiente sutileza.
Aquello, por ejemplo, que evidentemente tendría valor con respecto a la promoción en una raza de las mayores potencias de resistencia posibles (o con respecto a aumentar su adaptabilidad a un clima específico, o con respecto a la preservación del mayor número) no tendría ni remotamente el mismo valor si se tratara de la evolución de una especie más fuerte.
Al calibrar los valores, el bien de la mayoría y el bien de la minoría son puntos de vista opuestos: dejamos a la ingenuidad de los biólogos ingleses el considerar el primer punto de vista como intrínsecamente superior.
Todas las ciencias tienen ahora que preparar el camino para la tarea futura del filósofo; entendiéndose esta tarea en el sentido de que él debe resolver el problema del valor, de que tiene que fijar la jerarquía de los valores.