Apocalipsis de Juan, esa más obscena de todas las erupciones escritas, que lleva la venganza en su conciencia. > (También se debe valorar en toda su medida la profunda lógica del instinto cristiano cuando, sobre este mismo libro de odio, escribió el nombre del discípulo del amor, aquel mismo discípulo a quien atribuyó ese Evangelio apasionado y extático; en ello se oculta una porción de verdad, por más que para este fin haya sido necesario falsificar la
Los romanos eran los fuertes y aristocráticos; una nación más fuerte y aristocrática no ha existido jamás en el mundo, ni siquiera se ha soñado jamás con ella; cada vestigio de ellos, cada inscripción entusiasma, dado que uno pueda adivinar qué es lo que escribe la inscripción. Los judíos, en cambio, eran esa nación sacerdotal del resentimiento par excellence, poseída por un genio único para la moral popular: no hay más que comparar con los judíos a las naciones con dones análogos, como los chinos o los alemanes, para darse cuenta después de lo que es de primera categoría y de lo que es de quinta.
¿Cuál de ellos ha salido victorioso por el momento, Roma o Judea?, pero no hay la menor sombra de duda; considerad simplemente ante quién os inclináis hoy en día en la misma Roma, como si fuera ante la quintaesencia de todos los valores supremos, y no solo en Roma, sino en casi la mitad del mundo, en todas partes donde el hombre ha sido domesticado o está a punto de serlo: a tres judíos, como sabemos, y a una judía (a Jesús de Nazaret, a Pedro el pescador, a Pablo el hacedor de tiendas y a la madre del susodicho Jesús, llamada María). Esto es muy notable: Roma está indudablemente vencida.
En cualquier caso, tuvo lugar en el Renacimiento un renacimiento brillantemente siniestro del ideal clásico, de la valoración aristocrática de