Esos psicólogos ingleses, que hasta el presente son los únicos filósofos a los que hay que agradecer cualquier tentativa de llegar a una historia del origen de la moral —esos hombres, digo, nos ofrecen en sus propias personalidades un problema nada baladí;— tienen incluso, si he de ser del todo franco al respecto, en su calidad de enigmas vivientes, una ventaja sobre sus libros— ¡ellos mismos son interesantes!
Estos psicólogos ingleses, ¿qué pretenden realmente? Los encontramos siempre, voluntaria o involuntariamente, empeñados en la misma tarea de poner en primer plano la partie honteuse de nuestro mundo interior, y de buscar el principio eficiente, rector y decisivo precisamente en aquel rincón donde el respeto propio intelectual de la especie se mostraría más reacio a hallarlo (por ejemplo, en la vis inertiae del hábito, o en el olvido, o en un mecanismo ciego y fortuito y en la asociación de ideas, o en algún factor puramente pasivo, reflejo, molecular o fundamentalmente estúpido); ¿cuál es el verdadero motor que impulsa siempre a estos psicólogos precisamente en esta dirección?
¿Es un instinto de denigración humana un tanto siniestro, vulgar y maligno, o tal vez incomprensible aun para sí mismo? ¿O quizá un toque de celos pesimistas, la desconfianza de idealistas desilusionados que se han vuelto sombríos, envenenados y amargos? ¿O una mezquina enemistad y un rencor subconscientes contra el cristianismo (y contra Platón), que concebiblemente jamás han cruzado el umbral de la conciencia? ¿O simplemente un gusto perverso por aquellos elementos de la vida que son bizarros, dolorosamente paradoxales, místicos e ilógicos? ¿O, como última alternativa, una pizca de cada uno de estos motivos—un poco de vulgaridad, un poco de sombría tristeza, un poco de anticristianismo, un poco de avidez por la picardía necesaria?
Pero me dicen que se trata simplemente de viejos, frígidos y tediosos sapos que reptan y brincan alrededor de los hombres y dentro de los hombres, como si estuvieran allí tan completamente en su elemento como lo estarían en un pantano.
Me opongo a esta afirmación, qué digo, no la creo; y si, ante la imposibilidad del saber, a uno le está permitido desear, así deseo yo de todo corazón que se aplique justamente la metáfora contraria, y que estos analistas con sus microscopios psicológicos sean, en el fondo, animales valientes, orgullosos y magnánimos que sepan refrenar tanto su corazón como su ingenio, y se hayan entrenado específicamente para sacrificar lo deseable a lo verdadero, cualquier verdad de hecho, incluso las verdades simples, amargas, feas, repulsivas, anticristianas e inmorales, pues hay verdades de esa índole.