Pero volvamos atrás. semejante contradicción consigo mismo, tal como Aparentemente se manifiesta entre los ascetas, «la vida vuelta contra la vida», es —eso es absolutamente obvio— desde el punto de vista fisiológico, y ya no psicológico, pura y simplemente un sinsentido. Solo puede ser una contradicción aparente; tiene que ser una especie de expresión provisional, una explicación, una fórmula, un ajuste, un malentendido psicológico de algo cuya verdadera naturaleza no pudo comprenderse durante mucho tiempo y cuya verdadera esencia no pudo describirse; una mera palabra metida a la fuerza en un viejo vacío del conocimiento humano.
Para resumir brevemente los hechos en contra de su autenticidad:
el ideal ascético brota de los instintos profilácticos y de autoconservación que caracterizan a una vida decadente, la cual procura por todos los medios a su alcance mantener su posición y luchar por su existencia; apunta a una depresión y un agotamiento fisiológicos parciales, contra los cuales los instintos vitales más profundos e intactos luchan sin cesar con nuevas armas y descubrimientos.
El ideal ascético es un arma semejante: su postura es, por consiguiente, exactamente la opuesta a la que imaginan los adoradores del ideal; la vida lucha en él y a través de él con la muerte y contra la muerte; el ideal ascético es un ardid para la conservación de la vida.
Un hecho importante se pone de manifiesto en la medida en que, como enseña la historia, este ideal pudo regir y ejercer poder sobre el hombre, especialmente en todos aquellos lugares donde se completó la civilización y domesticación del hombre: ese hecho es el estado enfermizo del hombre hasta el presente, al menos del hombre que ha sido domesticado, la lucha fisiológica del hombre con la muerte (más exactamente, con el asco a la vida, con el agotamiento, con el deseo del «fin»). El sacerdote asceta es el deseo encarnado de una existencia de otra clase, de una existencia en otro plano —él es, de hecho, el punto culminante de este deseo, su éxtasis y su pasión oficiales—; pero es el poder mismo de este deseo lo que constituye la cadena que lo ata aquí; es precisamente eso lo que lo convierte en un instrumento que debe trabajar para crear condiciones más favorables para la existencia terrena, para la existencia en el plano humano —con este poder mismo es con el que mantiene firmemente sujeta a la existencia a toda la manada de fracasados, deformes, abortos, desgraciados, enfermos de sí mismos de toda especie, mientras que él, como pastor, marcha instintivamente al frente—. Ya me comprendéis: este sacerdote asceta, este aparente enemigo de la vida, este negador—pertenece en realidad a las fuerzas verdaderamente grandes, conservadoras y afirmativas de la vida.
¿De dónde procede este estado enfermizo? Pues el hombre está más enfermo, es más inseguro, más mudable, más inestable que ningún otro animal, no hay duda de ello; él es el animal enfermo: ¿de qué brota? Ciertamente él también ha osado, innovado, desafiado con más valor, retado al destino más que todos los demás animales juntos; él, el gran experimentador consigo mismo, el insatisfecho, el insaciable, que lucha por la soberanía suprema con la bestia, la Naturaleza y los dioses, él, el todavía siempre no constreñido, el siempre futuro, que no halla ya ningún reposo a causa de su propia fuerza agresiva, acuciado inexorablemente por el espue, lo del futuro clavado en la carne del presente:—¿cómo no iba a ser un animal tan valiente y rico también el más en peligro, el animal con la más larga y honda dolencia entre todos los animales enfermos? …
El hombre está harto de ello, a menudo se dan epidemias enteras de esta saciedad (como hacia 1348, en la época de la Danza de la Muerte): pero incluso esta misma náusea, este cansancio, este disgusto consigo mismo, todo esto se descarga de él con tanta fuerza que de inmediato se convierte en una nueva atadura.
Su «no», que le profiere a la vida, hace surgir como por arte de magia una abundancia de agraciados «síes»; incluso cuando se hiere a sí mismo, este maestro de la destrucción, de la autodestrucción, es posteriormente la herida misma la que lo obliga a vivir.