estirpe más divina que los demás hombres, juegos festivos también para los poetas. Con este espíritu exacto y con ningún otro, los filósofos morales de Grecia concibieron más tarde que los ojos de Dios seguían contemplando la lucha moral, el heroísmo y la autoflagelación de los virtuosos; el Heracles del deber estaba sobre un escenario y era consciente de ello; la virtud sin testigos era algo del todo impensable para este pueblo de actores.
¿No debió de haber sido hecha aquella invención filosófica, tan audaz y tan fatal, que entonces era absolutamente nueva para Europa, la invención del «libre albedrío», de la espontaneidad absoluta del hombre en el bien y en el mal, con el propósito específico de justificar la idea de que el interés de los dioses en la humanidad y en la virtud humana era inagotable?
Jamás escasearían en el escenario de este mundo de libre albedrío situaciones, tramas y catástrofes verdaderamente nuevas, inéditas y apasionantes. Un mundo concebido bajo líneas totalmente deterministas sería fácilmente adivinado por los dioses y, por consiguiente, pronto los aburriría; razón suficiente para que estos amigos de los dioses, los filósofos, no atribuyan a sus deidades un mundo tan determinista. Toda la humanidad antigua está llena de delicadas atenciones hacia el espectador, al ser, como es, un mundo de absoluta publicidad y teatralidad, que no concebía la felicidad sin espectáculos ni fiestas. Y, como ya se ha dicho, incluso en el gran castigo hay muchísimo de festivo.