qué punto la crueldad constituía la gran alegría y el deleite del hombre antiguo, era un ingrediente que sazonaba casi todos sus placeres y, a la inversa, de la ingenuidad y la inocencia con las que manifestaba su necesidad de crueldad, cuando convertía en principio la «malicia desinteresada» (o, para usar la expresión de Spinoza, la sympathia malevolens) en una característica normal del hombre —y por tanto en algo a lo que la conciencia dice un rotundo sí—.
El observador más profundo ha tenido ya tal vez oportunidad suficiente de notar esta antiquísima y radical alegría y deleite de la humanidad; en Más allá del bien y del mal, aforismo 188 (e incluso antes, en Aurora, aforismos 18, 77, 113), he señalado cautelosamente la espiritualización y «deificación» continuamente crecientes de la crueldad, que impregna toda la historia de la civilización superior (y en un sentido más amplio incluso la constituye). Al menos no ha pasado tanto tiempo desde que era imposible concebir bodas reales y fiestas nacionales a gran escala sin ejecuciones, torturas, o tal vez un «auto de fe», o concebir de manera similar una casa aristocrática sin una criatura que sirviera de blanco para las burlas crueles y maliciosas de los habitantes. (El lector recordará quizás a Don Quijote en la corte de la Duquesa: leemos hoy todo el Don Quijote con un sabor amargo en la boca, casi con una sensación de tortura, un hecho que les parecería muy extraños y muy incomprensibles al autor y a sus contemporáneos; ellos lo leían con la mejor conciencia del mundo como el más alegre de los libros; casi se morían de risa con él).
La visión del sufrimiento sienta bien, la inflicción del sufrimiento sienta aún mejor—esta es una máxima dura, pero no menos fundamental, antigua, poderosa y «humana, demasiado humana»; una máxima, además, a la que tal vez suscribirían incluso los simios: pues se dice que al inventar crueldades bizarras dan sobradas pruebas de su futura humanidad, de la cual están tocando, por decirlo así, el preludio. Sin crueldad no hay fiesta: así lo enseña la más antigua y larga historia del hombre—y también en el castigo hay tanto de festivo—.