¿Pero cómo es posible que ese otro objeto melancólico, la conciencia de pecado, la «mala conciencia» entera, haya venido al mundo? Y es aquí donde volvemos a dirigirnos a nuestros genealogistas de la moral. Por segunda vez digo —¿o es que aún no lo he dicho?— que no valen nada. Sencillamente su propia y limitada experiencia moderna de cinco palmos de longitud; ningún conocimiento del pasado, y ninguna gana de conocerlo; menos aún un instinto histórico, una facultad de «segunda vista» (que es lo que verdaderamente se requiere en este caso) —y, a pesar de todo esto, dedicarse a la historia de la moral—. Salta a la vista que esto tiene que producir necesariamente resultados que distan de la verdad algo más que una distancia respetuosa.
¿Se habrán permitido alguna vez estos actuales genealogistas de la moral tener siquiera la más vaga noción, por ejemplo, de que la idea moral cardinal del «deber» [ought] se origina a partir de la idea bien material de «deber» [owe]? ¿O de que el castigo se desarrolló como una represalia de manera absolutamente independiente de cualquier hipótesis preliminar sobre la libertad o la determinación de la voluntad?—Y ello hasta tal punto que siempre fue menester primero un alto grado de civilización para que el animal humano comenzara a hacer aquellas distinciones, mucho más primitivas, de «intencionado», «negligente», «accidental», «responsable», y sus contrarias, y a aplicarlas en la valoración del castigo.
Esa idea —«el malhechor merece castigo porque podría haber obrado de otro modo», a pesar de que hoy en día es tan barata, obvia, natural e inevitable, y de que ha tenido que servir de ejemplo para ilustrar la forma en que el sentimiento de justicia apareció sobre la tierra— es, en realidad, una forma sumamente tardía, e incluso refinada, del juicio y la inferencia humanos; situar esta idea en los comienzos del mundo es sencillamente una torpe violación de los principios de la psicología primitiva.
Durante el periodo más largo de la historia humana, el castigo nunca se basó en la responsabilidad del malhechor por su acción y, en consecuencia, no se basó en la hipótesis de que solo el culpable debe ser castigado;—por el contrario, el castigo se infligía en aquellos días por la misma razón que los padres castigan a sus hijos hoy en día, por la cólera ante un daño sufrido, una cólera que se desahoga mecánicamente sobre el autor del daño—, pero esta cólera se mantiene a raya y se modifica a través de la idea de que todo daño tiene en alguna parte su precio equivalente y puede realmente pagarse, aunque sea por medio del dolor infligido al autor.
¿De dónde ha sacado su fuerza esta vieja, arraigada y ahora quizás inerradicable idea, esta idea de una equivalencia entre el daño y el dolor?
Ya he revelado su origen en la relación contractual entre acreedor y deudor, la cual es tan antigua como la existencia de derechos jurídicos en general y remonta a su vez a las formas primarias de compra, venta, trueque y comercio.