¿No se debe acaso a la magia negra de una política de venganza verdaderamente grandiosa, de una venganza clarividente, cavadora, que obra y calcula con lentitud, a que el propio Israel haya tenido que repudiar ante todo el mundo el instrumento real de su propia venganza y clavarlo en la cruz, para que todo el mundo —es decir, todos los enemigos de Israel— pudiera picar sin sospechas en este mismísimo cebo? ¿Podría, además, mente humana alguna, con toda su rebuscada ingenuidad, inventar un cebo que fuera más verdaderamente peligroso? ¿Habría algo siquiera equivalente en el poder de su influencia seductora, embriagadora, desecradora y corruptora a ese símbolo de la cruz sagrada, a esa pavorosa paradoja de un «dios en la cruz», a ese misterio del impensable, supremo y absoluto horror de la autocrucifixión de un dios para la salvación del hombre?
Es al menos seguro que sub hoc signo Israel, con su venganza y su transvaloración de todos los valores, ha triunfado hasta el presente siempre de nuevo sobre todos los demás ideales, sobre todos los ideales más aristocráticos.