Que esto sirva de vez por todas en cuanto al origen del «santo Dios».
El hecho de que en sí la concepción de los dioses no esté obligada a conducir necesariamente a esta degradación de la imaginación (una representación provisional de cuyos caprichos creímos necesario ofrecer), el hecho de que existan métodos más nobles de utilizar la invención de los dioses que en esta autocrucifixión y autodegradación del hombre, en las que los últimos dos mil años de Europa han sido maestros indiscutibles—estos hechos todavía pueden percibirse afortunadamente con cada mirada que arrojamos a los dioses griegos, esos espejos de hombres nobles y grandiosos, en los que el animal en el hombre se sentía divinizado y no se devoraba a sí mismo en un delirio subjetivo.
Estos griegos utilizaron durante mucho tiempo a sus dioses como simples amortiguadores contra la «mala conciencia»—de modo que pudieron seguir disfrutando de su libertad de alma: esto, por supuesto, es diametralmente opuesto a la teoría que el cristianismo tiene de su dios. Llegaron muy lejos basándose en este principio, aquellos espléndidos y valientes muchachos; y no hay menor autoridad que la del Zeus homérico para hacerles comprender de vez en qué cuando se toman la vida con demasiada ligereza. «¡Qué extraño es», dice en una ocasión—a propósito del caso de Egisto, un caso ciertamente muy grave—
“¡Qué admirable es cómo se quejan los mortales de los inmortales! Solo de nosotros, presumen, proviene el mal, pero en su insensatez, forjan ellos, a pesar del hado, la perdición de su propio desastre”.
Sin embargo, el lector notará y observará que este espectador y juez olímpico dista mucho de estar enfadado con ellos y de pensar mal de ellos por este motivo. «Qué tontos son», piensa él de las fechorías de los mortales; y «necedad», «imprudencia», «una pequeña perturbación cerebral» y nada más es lo que los griegos, incluso de la época más fuerte y valiente, han admitido como fundamento de mucho de lo malo y funesto.—¡Necedad, no pecado, ¿entiendes?
… Pero incluso esta perturbación cerebral era un problema: «Vamos a ver, ¿cómo es siquiera posible? ¿Cómo pudo haber entrado realmente en cerebros como los nuestros, los cerebros de hombres de estirpe aristocrática, de hombres acaudalados, de hombres bien dotados por la naturaleza, de hombres de la mejor sociedad, de hombres de nobleza y virtud?». Esta era la pregunta que, siglo tras siglo, el griego aristócrata se hacía a sí mismo al enfrentarse a cada ultraje y sacrilegio (para él incomprensible) con el que uno de sus iguales se había contaminado.—«Tiene que ser que un dios lo ha ofuscado», decía por fin, moviendo la cabeza.—Esta solución es típica de los griegos… por consiguiente, los dioses en aquellos tiempos cumplían la función de justificar al hombre hasta cierto punto incluso en el mal; por entonces tomaban sobre sí no el castigo, sino, lo que es más noble, la culpa.