“Pero ¿por qué habláis de ideales más nobles? Pongámonos a merced de los hechos: que el pueblo ha triunfado —o los esclavos, o la plebe, o el rebaño, o cualquier nombre que os plazca darle—, si esto ha ocurrido por mediación de los judíos, ¡sea así!
En tal caso, ninguna nación ha tenido jamás una misión más grande en la historia universal. Los «señores» han sido eliminados; la moralidad del hombre vulgar ha triunfado.
Este triunfo también puede llamarse un envenenamiento de la sangre (ha fundido mutuamente las razas) —no lo discuto—, pero no cabe duda de que esta intoxicación ha tenido éxito. La «redención» del género humano (es decir, de los señores) marcha a toda vela; todo se está judaiszando, cristianizando o vulgarizando de manera evidente (¿qué importa la palabra?).
Parece imposible detener el curso de este envenenamiento a través de todo el cuerpo político de la humanidad, pero su ritmo y su paso pueden volverse desde ahora más lentos, más delicados, más tranquilos, más discretos; hay tiempo de sobra.
En vista de este contexto, ¿tiene hoy la Iglesia algún propósito necesario? ¿Tiene, de hecho, derecho a la vida? ¿O podría el hombre prescindir de ella? Quaeritur. Parece que entorpece y retarda esta tendencia, en lugar de acelerarla. Bien, aun eso podría ser su utilidad. La Iglesia es ciertamente una institución tosca y grosera, que repugna a una inteligencia con alguna pretensión de delicadeza, a un gusto verdaderamente moderno. ¿No debería, al menos, aprender a ser algo más sutil? Hoy en día enajena más de lo que atrae. ¿Quién de nosotros sería, a fe mía, un librepensador si no hubiera Iglesia? Es la Iglesia la que nos repele, no su veneno; aparte de la Iglesia, el veneno nos gusta.
Este es el epílogo de un librepensador a mi discurso, de un animal honorable (como ha dado abundantes pruebas de ello), y demócrata para colmo; él me había escuchado hasta entonces, y no pudo soportar mi silencio, mas para mí, en verdad, respecto a este tema hay mucho sobre lo cual guardar silencio.