Le dijimos al hombre que podíamos armar y armaríamos un escándalo tal con esto, que su nombre apestaría desde un extremo de Londres hasta el otro. Si tenía amigos o algún crédito, nos comprometíamos a que los perdería. Y todo el tiempo, mientras se lo decíamos al rojo vivo, estábamos apartando a las mujeres de él lo mejor que podíamos, pues estaban tan fieras como harpías. Jamás vi un círculo de rostros tan abyectos; y allí estaba el hombre en el medio, con una especie de frialdad negra y burlona —asustado también, pude notarlo—, pero disimulánd危机*, señor, verdaderamente como Satanás. «Si usted prefiere sacar provecho de este accidente —dijo—, naturalmente estoy indefenso. No hay caballero que no desee evitar un escándalo», dice. «Diga su cifra».
Pues bien, le sacamos cien libras para la familia de la niña; a todas luces le hubiera gustado resistirse; pero había algo en nuestro grupo que olía a malas intenciones, y al final cedió. Lo siguiente era conseguir el dinero; ¿y adónde creen que nos llevó sino a aquel sitio de la puerta? —sacó una llave a toda prisa, entró y al poco rato volvió con unas diez libras en oro y un cheque por el resto en el banco Coutts, librado al portador y firmado con un nombre que no puedo mencionar, aunque es uno de los puntos de mi historia, pero se trataba de un nombre al menos muy conocido y que salía a menudo impreso.
La cifra era firme; pero la firma valía para más que eso, con tal de que fuera auténtica. Me tomé la libertad de señalarle a mi caballero que todo el asunto parecía apócrita y que un hombre no se presenta, en la vida real, en la puerta de un sótano a las cuatro de la mañana para salir de él con el cheque de otro hombre por cerca de cien libras.
Pero él se mostró de lo más tranquilo y burlón.
—Quédese tranquilo —dice—, me quedaré con usted hasta que abran los bancos y cobraré el cheque yo mismo.