no hacen sino regresar sobre nosotros con una presión más extraña y más terrible. * Segundo, porque, como mi relato hará, ¡ay!, demasiado evidente, mis descubrimientos eran incompletos. Basta decir, pues, que no solo reconocí mi cuerpo natural como el mero aura y la eclosión de ciertos poderes que componían mi espíritu, sino que logré componer una droga mediante la cual estos poderes eran despojados de su supremacía, y se sustituían por una segunda forma y rostro, no menos naturales para mí por el hecho de ser la expresión, y llevar el sello, de elementos inferiores en
Vacilé mucho tiempo antes de someter esta teoría a la prueba de la práctica. Sabía bien que me arriesgaba a la muerte; pues cualquier droga que controlara y sacudiera con tanta potencia la fortaleza misma de la identidad, podía, por la más mínima sobra de sobredosis o por la inoportunidad más leve en el momento de la administración, borrar por completo aquel tabernáculo inmaterial que esperaba que transformara.
Pero la tentación de un descubrimiento tan singular y profundo terminó por vencer a los avisos de la alarma. Tiempo atrás había preparado mi tintura; compré de inmediato, a una empresa de químicos mayoristas, una gran cantidad de una sal en particular que sabía, por mis experimentos, que era el último ingrediente necesario; y tarde, una noche maldita, compuse los elementos, los miré hervir y humear juntos en el vaso, y cuando la ebullición hubo ceseado, con un fuerte arrebato de valor, me bebí la pócima.
Siguieron los dolores más atroces: un crujir de huesos, una náusea mortal y un horror de espíritu que no puede superarse a la hora del nacimiento o de la muerte. Luego, estas agonías comenzaron a remitir con rapidez, y volví en mí como si saliera de una gran enfermedad.