Se llevó el vaso a los labios y se lo bebió de un trago. Siguió un grito; se tambaleó, vaciló, se aferró a la mesa y se sostuvo, mirando con ojos inyectados en sangre, jadeando con la boca abierta; y mientras miraba, creí notar un cambio: pareció hincharse—su rostro se volvió súbitamente negro y los rasgos parecieron fundirse y alterarse— y al instante siguiente, me había puesto en pie y dado un salto atrás contra la pared, con el brazo alzado para protegerme de aquel prodigio, con la mente sumergida en el terror.
“¡Oh, Dios!”, grité, y “¡Oh, Dios!”, una y otra vez; pues allí, ante mis ojos —pálido y sacudido, y medio desmayado, y tanteando frente a él con las manos, como un hombre resucitado de la muerte—, ¡allí estaba Henry Jekyll!
Lo que me contó en la hora siguiente, no puedo resignarme a ponerlo por escrito. Vi lo que vi, oí lo que oí, y mi alma se sintió enferma por ello; y sin embargo ahora, cuando esa visión se ha desvanecido de mis ojos, me pregunto si lo creo, y no puedo responder. Mi vida está sacudida hasta sus cimientos; el sueño me ha abandonado; el terror más mortal se sienta a mi lado a todas horas del día y de la noche; y siento que mis días están contados, y que debo morir; y sin embargo moriré incrédulo. En cuanto a la bajeza moral que ese hombre me reveló, aun con lágrimas de penitencia, no puedo, ni siquiera en el recuerdo, detener en ella mi pensamiento sin un sobresalto de horror.