por su devoción religiosa. > Estaba ocupado, pasaba mucho tiempo al aire libre, hacía el bien; su rostro parecía abrirse e iluminarse, como si tuviera la conciencia interna de haber sido útil; y durante más de dos meses,
El 8 de enero, Utterson había cenado en casa del doctor con un pequeño grupo; Lanyon había estado allí, y el rostro del anfitrión había mirado de uno a otro como en los viejos tiempos, cuando el trío era de amigos inseparables.
El 12, y de nuevo el 14, le cerraron la puerta en las narices al abogado. «El doctor está confinado en la casa —dijo Poole— y no recibe a nadie».
El 15 lo intentó otra vez, y se le volvió a negar el paso; y como ya se había acostumbrado en los últimos dos meses a ver a su amigo casi a diario, esta vuelta a la soledad le pesó en el ánimo. La quinta noche hizo que Guest fuera a cenar con él, y la sexta se encaminó a casa del doctor Lanyon.
Allí al menos no se le negó la entrada; pero al entrar, se quedó consternado por el cambio que se había operado en el aspecto del médico. Llevaba su sentencia de muerte escrita con claridad en el rostro. El hombre rosáceo había enpalidecido; sus carnes habían disminuido; estaba visiblemente más calvo y más viejo; y, sin embargo, no fueron tanto estos signos de un rápido deterioro físico los que llamaron la atención del abogado, como una mirada en los ojos y una cualidad en los modales que parecían dar testimonio de algún terror mental muy arraigado. Era improbable que el médico temiera a la muerte; y, sin embargo, eso fue lo que Utterson se vio tentado a sospechar. > «Sí —pensó—, es médico, debe de conocer su propio estado y que sus días están contados; y ese saber es más de lo que puede