las buenas, por las malas; si no con su consentimiento, entonces por la fuerza bruta!
—Utterson —dijo la voz—, ¡por el amor de Dios, ten piedad!
—¡Ah, esa no es la voz de Jekyll, es la de Hyde! —exclamó Utterson—. Abajo esa puerta, Poole.
Poole levantó el hacha sobre el hombro; el golpe estremeció el edificio, y la puerta de bayeta roja saltó contra la cerradura y las bisagras.
Un chirrido lúgubre, como de puro terror animal, resonó desde el gabinete.
El hacha se alzó de nuevo, y otra vez crujieron los paneles y rebotó el marco; cuatro veces cayó el golpe; pero la madera era dura y los herrajes eran de excelente manufactura; y no fue sino hasta el quinto que la cerradura se hizo trizas y los restos de la puerta cayeron hacia adentro sobre la alfombra.