estaba lleno de chirridos invernales y perfumado de aromas primaverales. Me senté al sol en un banco; el animal que llevaba dentro se lamía los belfos del recuerdo; la parte espiritual, un poco amodorrada, prometía un arrepentimiento posterior, pero aún no se movía para empezar. Después de todo, pensé, yo era como mis semejantes; y entonces sonreí, comparándome con otros hombres, comparando mi activa buena voluntad con la perezosa crueldad de su desidia.
Y en el mismo momento de ese pensamiento vanaglorioso, me asaltó un aprehensión, una náusea horrible y el más mortal de los escalofríos.
Estos pasaron y me dejaron débil; y luego, al disiparse la debilidad a su vez, comencé a notar un cambio en la índole de mis pensamientos, una mayor audacia, un desprecio por el peligro, una disolución de los lazos de la obligación.
Miré hacia abajo; mi ropa colgaba sin forma de mis miembros encogidos; la mano que descansaba sobre mi rodilla estaba reseca y velluda. Yo era una vez más Edward Hyde.
Un momento antes había gozado del respeto de todos los hombres, rico, amado—la mesa puesta para mí en el comedor de casa—; y ahora era la presa común de la humanidad, perseguido, sin hogar, un asesino confeso, esclavo de la horca.
Mi razón vaciló, pero no me falló del todo. He observado más de una vez que, en mi segunda personalidad, mis facultades parecían agudizarse hasta el extremo y mi ánimo poseía una elasticidad más tensa; de este modo ocurrió que, allí donde Jekyll tal vez habría sucumbido, Hyde estuvo a la altura de las circunstancias. Mis drogas estaban en uno de los armarios de mi gabinete; ¿cómo iba a alcanzarlas? Ese era el problema que (apretándome las sienes con las