De modo que nos pusimos en camino todos, el doctor, y el padre de la criatura, y nuestro amigo y yo, y pasamos el resto de la noche en mis habitaciones; y al día siguiente, cuando hubimos desayunado, fuimos en grupo al banco. Entregué yo mismo el cheque, y dije que tenía razones de sobra para creer que era falso. ¡Nanay! El cheque era auténtico.
—Ch, ch —dijo el señor Utterson.
—Ya veo que opina como yo —dijo el señor Enfield—. Sí, es una mala historia. Porque mi hombre era un tipo con el que nadie podía tratar, un sujeto verdaderamente maldito; y la persona que firmó el cheque es la quintaesencia de las buenas maneras, además de una celebridad y (lo que lo empeora) uno de esos tíos suyos que hacen lo que llaman el bien. Chantaje, supongo; un hombre honrado pagando una fortuna por alguna de las travesuras de su juventud. Casa de Chantaje es como llamo yo a ese sitio con la puerta, a consecuencia de ello. Aunque ni siquiera eso, ya sabe, está lejos de explicarlo todo —añadió, y con estas palabras cayó en un estado de cavilación.
De esto lo arrancó el señor Utterson al preguntar de manera más bien repentina:
«¿Y no sabe si el que firmó el cheque vive allí?».
—Un sitio de lo más probable, ¿verdad? —respondió el señor Enfield—. Pero resulta que me he fijado en su dirección; vive en alguna plaza o algo así.