sus actos y pensamientos se centraba en el yo; bebía el placer con avidez bestial de un grado de tortura a otro; implacable como un hombre de piedra. Henry Jekyll se quedaba a veces atónito ante los actos de Edward Hyde; pero la situación estaba al margen de las leyes ordinarias, y relajaba insidiosamente el dominio de la conciencia. Era Hyde, después de todo, y solo Hyde, el culpable. Jekyll no era peor; volvía a despertar a sus buenas cualidades aparentemente intacto; incluso se apresuraba, cuando era posible, a reparar el mal cometido por Hyde. Y así su conciencia dormitaba.
No es mi intención entrar en los detalles de la infamia en la que así participé (pues aún hoy apenas puedo admitir que la cometí); solo pretendo señalar las advertencias y los sucesivos pasos con los que se acercó mi castigo.
Sufrí un contratiempo que, como no trajo ninguna consecuencia, me limitaré a mencionar. Un acto de crueldad hacia un niño despertó contra mí la ira de un transeúnte, a quien reconocí el otro día en la persona de su pariente; el médico y la familia del niño se le unieron; hubo momentos en que temí por mi vida; y al fin, para apaciguar su más que justa indignación, Edward Hyde tuvo que llevarlos hasta la puerta y pagarles con un cheque librado a nombre de Henry Jekyll.
Pero este peligro quedó fácilmente eliminado para el futuro al abrir una cuenta en otro banco a nombre del propio Edward Hyde; y cuando, inclinando mi propia letra hacia atrás, hube provisto a mi doble de una firma, creí hallarme a salvo del alcance del destino.
Unos dos meses antes del asesinato de sir Danvers, había salido en busca de una de mis aventuras, había regresado a altas horas y me había despertado al día siguiente en la cama con sensaciones un tanto extrañas.