Nací en el año de 18— en el seno de una familia acaudalada, dotado además de excelentes prendas naturales, inclinado por afición a la laboriosidad, amigo de gozar del respeto de los sabios y buenos entre mis semejantes y, por lo tanto, como cabía suponer, con todas las garantías de un porvenir honorable y distinguido.
Y, en verdad, el peor de mis defectos era cierta alegre impaciencia de carácter, como la que ha hecho la felicidad de muchos, pero que a mí me costaba conciliar con mi imperioso deseo de llevar la cabeza alta y lucir ante el público un semblante más grave de lo habitual.
De ahí vino que ocultara mis placeres; y que, al alcanzar los años de la reflexión y empezar a mirar a mi alrededor y hacer balance de mis progresos y mi posición en el mundo, me encontrara ya comprometido con una profunda duplicidad de vida.
Mucho hombre habría incluso proclamado a los cuatro vientos las irregularidades de las que yo era culpable; pero, debido a los sublimes propósitos que me había impuesto, las consideraba y ocultaba con un sentido de la vergüenza casi enfermizo. Fue así más bien la naturaleza exigente de mis aspiraciones que cualquier degradación particular en mis faltas lo que me hizo ser como era y lo que, con una zanja aún más profunda que en la mayoría de los hombres, separó en mí aquellas provincias del bien y del mal que dividen y componen la doble naturaleza del hombre. En este caso, me vi obligado a reflexionar profunda e inveteradamente sobre esa dura ley de la vida, que se halla en la raíz de la religión y es una