Los sitiadores, horrorizados por su propio tumulto y por la quietud que había sobrevenido, retrocedieron un poco y se asomaron.
Allí estaba el gabinete ante sus ojos a la luz tranquila de la lámpara, un buen fuego chisporroteando y hablando en el hogar, la tetera cantando su leve melodía, uno que otro cajón abierto, papeles ordenadamente dispuestos en la mesa de trabajo y, más cerca del fuego, los avituallamientos para el té: la habitación más apacible, habríais dicho, y, a excepción de las alacenas acristaladas llenas de productos químicos, la más corriente de aquella noche en Londres.
Justo en medio yacía el cuerpo de un hombre dolientemente contorcido y aún con espasmos.
Se acercaron de puntillas, lo volvieron boca arriba y contemplaron el rostro de Edward Hyde. Iba vestido con ropas demasiado grandes para él, ropas del tamaño del doctor; los tendones de su rostro aún se movían con visos de vida, pero la vida se había ido por completo: y por el frasco machacado en la mano y el fuerte olor a almendras amargas que flotaba en el aire, Utterson supo que estaba contemplando el cadáver de un suicida.
“Hemos llegado demasiado tarde —dijo con severidad—, ya sea para salvar o para castigar. Hyde ha ido a rendir cuentas; y solo nos queda encontrar el cuerpo de su amo”.
La mayor parte del edificio estaba ocupada por el teatro, que llenaba casi toda la planta baja y recibía luz cenital, y por el gabinete, que formaba un piso alto en un extremo y daba al patio. Un corredor unía el teatro con la puerta de la calle secundaria; y con este se comunicaba el gabinete de forma independiente mediante un segundo