De repente, vi dos figuras: la una, un hombre bajito que marchaba hacia el este a buen paso, y la otra, una niña de unos ocho o diez años que corría con todas sus fuerzas por una calle transversal.
Pues bien, señor, los dos chocaron de manera natural en la esquina; y entonces vino la parte horrible del asunto; pues el hombre pisoteó tranquilamente el cuerpo de la niña y la dejó gritando en el suelo.
Al decirlo no parece nada, pero fue algo infernal de ver. No parecía un hombre; parecía un maldito Juggernaut.
Di un grito de caza, eché a correr, agarré a mi caballero por el cuello y lo traje de vuelta hasta donde ya había bastante gente reunida alrededor de la niña que gritaba. Estaba perfectamente tranquilo y no opuso resistencia, pero me dirigió una mirada tan fea que me hizo sudar frío como si hubiera estado corriendo.
La gente que había acudido era la propia familia de la niña; y muy pronto hizo su aparición el médico, a quien habían ido a buscar. Pues bien, la niña no estaba mucho peor, más asustada que otra cosa, según el matasanos; y ahí uno habría supuesto que terminaría todo.
Pero había una circunstancia curiosa. Yo le había tomado aversión a mi caballero desde el primer vistazo. También la familia de la niña, lo cual era natural. Pero el caso del médico fue lo que me llamó la atención. Era el boticario convencional y rutinario, sin edad ni color determinados, con un fuerte acento de Edimburgo y con tanta sensibilidad como una gaita.
Pues bien, señor, era como el resto de nosotros; cada vez que miraba a mi preso, veía a aquel matasanos ponerse enfermo y pálido con deseos de matarlo. Yo sabía lo que pasaba por su mente, tal como él sabía lo que pasaba por la mía; y como matar estaba fuera de discusión, hicimos lo siguiente mejor.