“Yo no hablaría de esta nota, ¿sabe?”, dijo el maestro.
—No, señor —dijo el empleado—. Lo entiendo.
Pero no bien se vio solo el señor Utterson aquella noche, cuando guardó la nota bajo llave en su caja fuerte, donde reposó desde entonces en adelante.
«¡Qué! —pensó—. ¡Que Henry Jekyll falsifique una firma para un asesino!».
Y la sangre se le heló en las venas.