sentándose allí a la luz de una vela melancólica, sacó y puso ante sí un sobre escrito de puño y letra y sellado con el sello de su difunto amigo. > « Privado: para las manos de G. J. Utterson exclusivamente y, en caso de que este muera antes, debe ser destruido sin leer », así rezaba enfáticamente el sobrescrito; y el abogado temía contemplar el contenido. «He enterrado a un amigo hoy —pensó—: ¿y si esto fuera a costarme otro?» Y entonces condenó el miedo por considerarlo una deslealtad, y rompió el
Dentro había otro pliegue, igualmente sellado, y marcado en la cubierta como «no abrir hasta la muerte o desaparición del Dr. Henry Jekyll».
Utterson no daba crédito a sus ojos. Sí, se trataba de una desaparición; de nuevo aquí, al igual que en el testamento demencial que hacía mucho tiempo había devuelto a su autor, de nuevo aparecían vinculadas la idea de una desaparición y el nombre de Henry Jekyll.
Pero en el testamento, esa idea había surgido de la siniestra sugerencia del hombre Hyde; estaba allí fijada con un propósito demasiado claro y horrible. Escrito de puño y letra por Lanyon, ¿qué significaría?
Al síndico le entró una gran curiosidad por desoír la prohibición y lanzarse de inmediato al fondo de aquellos misterios; pero el honor profesional y la lealtad a su amigo difunto eran obligaciones rigurosas, y el paquete durmió en el rincón más recóndito de su caja fuerte privada.
Una cosa es mortificar la curiosidad, y otra conquistarla; y cabe dudar si, a partir de aquel día, Utterson deseó la compañía de su amigo superviviente con la misma vehemencia.