posibilidad más descarnada de semejante milagro, había aprendido a recrearme, como en un entrañable ensueño, en la idea de la separación de estos elementos. Si cada cual, me decía, pudiera alojarse en identidades separadas, la vida se vería libre de todo lo insoportable; el injusto podría seguir su camino, liberado de las aspiraciones y los remordimientos de su gemelo más íntegro; y el justo podría marchar firme y seguro por su senda ascendente, haciendo el bien en el que hallaba su deleite, y sin estar ya expuesto a la desagracia y al arrepentimiento a manos de este mal ajeno. Era la maldición de la humanidad que estos haces incongruentes estuvieran así atados —que en el vientre agonizante de la conciencia, estos gemelos polares lucharan continuamente—. ¿Cómo, entonces, se disociaron?
Me encontraba tan sumido en mis reflexiones cuando, como he dicho, una luz indirecta comenzó a proyectarse sobre el asunto desde la mesa del laboratorio. Comencé a percibir con mayor profundidad de lo que jamás se ha expresado hasta ahora, la temblorosa inmaterialidad, la transitoriedad brumosa, de este cuerpo aparentemente tan sólido en el que andamos vestidos. Ciertas sustancias demostraron tener el poder de sacudir y apartar ese envoltorio carnal, tal como el viento podría agitar las cortinas de un pabellón. Por dos buenas razones, no profundizaré en esta rama científica de mi confesión. * Primero, porque se me ha hecho comprender que la condena y el peso de nuestra vida están atados para siempre a los hombros del hombre, y cuando se intenta sacudírselos de encima, estos