que sea, pues la puerta del gabinete estaba abierta, y allí estaba él, al fondo de la habitación, escarbando entre los cajones. Levantó la vista cuando entré, dio una especie de grito y salió zumbando escaleras arriba hacia el gabinete. Solo le vi durante un minuto, pero se me pusieron los pelos de punta como púas. Señor, si ese era mi amo, ¿por qué llevaba una máscara en la cara? Si era mi amo, ¿por qué gritó como una rata y huyó de mí? Le he servido bastante tiempo. Y luego… El hombre se detuvo y se pasó la mano por la cara.
—Son todas circunstancias muy extrañas —dijo el señor Utterson—, pero creo que empiezo a ver la luz. Su amo, Poole, padece claramente uno de esos males que a la vez torturan y deforman al que los sufre; de ahí, por lo que sé, la alteración de su voz; de ahí la máscara y el evitar a sus amigos; de ahí su afán por encontrar esta droga, mediante la cual el pobre hombre conserva cierta esperanza de una total recuperación —¡Dios quiera que no esté equivocado! Esa es mi explicación; es bastante triste, Poole, sí, y aterrorizante de contemplar; pero es sencilla y natural, encaja perfectamente y nos libra de toda alarma exagerada.
—Señor —dijo el mayordomo, volviéndose de una palidez marmórea—, esa cosa no era mi amo, y esa es la verdad. Mi amo —aquí miró a su alrededor y empezó a hablar en susurros— es un hombre alto y de buena planta, y esto era más bien un enano. Utterson intentó protestar. —¡Oh, señor! —exclamó Poole—, ¿cree usted que no conozco a mi amo después de veinte años? ¿Cree que no sé a qué altura de la puerta del gabinete llega su cabeza, donde lo veía todas las mañanas de mi vida? No, señor, esa cosa con máscara nunca fue el Dr. Jekyll —Dios sabe lo que era, pero nunca fue el Dr. Jekyll—, y es la creencia de mi corazón que se ha cometido un asesinato.
—Poole —respondió el abogado—, si usted dice eso, será mi deber asegurarme. Por mucho que desee evitarle molestias a su amo, por mucho