Casi un año después, en el mes de octubre de 18—, Londres se vio consternada por un crimen de singular ferocidad y vuelto aún más notable por la alta posición de la víctima.
Los detalles eran escasos y sorprendentes. Una criada que vivía sola en una casa no lejos del río, había subido a acostarse cerca de las once.
Aunque a altas horas de la madrugada la niebla envolvió la ciudad, la primera parte de la noche estuvo despejada y el callejón, hacia el cual daba la ventana de la criada, estaba brillantemente iluminado por la luna llena.
Parece ser que era de inclinación romántica, pues se sentó en su baúl, que estaba situado justo debajo de la ventana, y se abismó en ensoñaciones.
Nunca (solía decir, con lágrimas en los ojos, cuando contaba aquella experiencia), nunca se había sentido más en paz con todos los hombres ni había pensado con mayor benevolencia del mundo.
Y mientras estaba así sentada, advirtió que un anciano apuesto y de cabellos blancos se acercaba por el callejón; y que salía a su encuentro otro caballero muy pequeño, al que al principio prestó menos atención. Cuando hubieron llegado a distancia de voz (lo cual ocurrió justo bajo los ojos de la criada), el mayor hizo una reverencia y se dirigió al otro con un modo de cortesía muy refinado. No parecía que el tema de su discurso fuera de gran importancia; de hecho, por sus gestos, a veces daba la impresión de que solo estaba pidiendo indicaciones; pero la luna brillaba sobre su rostro mientras hablaba, y a la muchacha le complació