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nydus/The Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. HydePublic
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Search for Mr. Hyde

desvanecía ante sus ojos; y así fue como brotó y creció rápidamente en la mente del abogado una curiosidad singularmente fuerte, casi desmedida, por contemplar los rasgos del verdadero señor Hyde. Si pudiera posar los ojos en él aunque fuera una vez, pensaba, el misterio se aligeraría y tal vez se disiparía por completo, como solía ocurrir con las cosas misteriosas cuando se las examinaba bien. Podría encontrar una razón para la extraña preferencia o esclavitud de su amigo (llámese como se quiera) e incluso para la desconcertante cláusula del testamento. Al menos sería un rostro digno de verse: el rostro de un hombre carente de entrañas de misericordia; un rostro que con solo mostrarse bastaba para despertar, en la mente del poco impresionable Enfield, un espíritu de odio duradero.

Desde aquel momento, el Sr. Utterson comenzó a rondar la puerta en la callejuela de los comercios.

Por la mañana antes de las horas de oficina, al mediodía cuando los negocios abundaban y el tiempo era escaso, por la noche bajo el rostro de la neblinosa luna de la ciudad, con cualquier luz y a todas horas de soledad o concurrencia, el abogado se encontraba en su puesto elegido.

—Si él es el señor Hyde —había pensado—, yo seré el señor Seek.

Y al fin su paciencia se vio recompensada. Era una noche espléndida y seca; con escarcha en el aire; las calles tan limpias como el suelo de un salón de baile; las farolas, inmóviles ante cualquier ráfaga de viento, dibujando un patrón regular de luces y sombras. A eso de las diez, cuando las tiendas ya estaban cerradas, la bocacalle se hallaba muy solitaria y, a pesar del ronco rumor de Londres que llegaba

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