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nydus/The Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. HydePublic
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El relato del Dr. Lanyon

Cuanto más reflexionaba, más convencido me iba quedando de que me encontraba ante un caso de enfermedad cerebral; y aunque mandé a mis criados a la cama, cargué un viejo revólver para que me encontraran en alguna postura de legítima defensa.

Apenas habían dado las doce en Londres, cuando el aldabón sonó muy suavemente en la puerta. Acudí yo mismo al llamado y encontré a un hombre pequeño acurrucado contra las columnas del pórtico.

—¿Viene usted del Dr. Jekyll? —le pregunté.

Me dijo «sí» mediante un gesto forzado; y cuando le hube invitado a entrar, no me obedeció sin antes echar una mirada inquisitiva hacia la oscuridad de la plaza.

Había un policía no muy lejos, que avanzaba con su linterna sorda abierta; y al verlo, creí que mi visitante se sobresaltaba y se daba mayor prisa.

Estos detalles me impresionaron, lo confieso, desagradablemente; y al seguirlo hacia la brillante luz del gabinete de consulta, mantuve la mano lista sobre mi arma. Aquí, por fin, tuve la oportunidad de verlo claramente. Nunca antes había posado los ojos en él, de eso estaba seguro. Era pequeño, como ya he dicho; me llamó la atención además la espantosa expresión de su rostro, su notable combinación de gran actividad muscular y gran debilidad aparente de constitución, y —por último, pero no menos importante— la extraña alteración subjetiva causada por su proximidad. Esta guardaba cierta semejanza con el rigor incipiente, y venía acompañada de un marcado descenso del pulso. En su momento, lo atribuí a cierta repugnancia personal e idiosincrásica, y simplemente me extrañó la agudeza de los síntomas; pero desde entonces he tenido razones para creer que la causa radica mucho más hondo en la naturaleza del hombre, y gira sobre algún quicio más noble que el principio del odio.

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