—Estoy muy mal, Utterson —respondió el doctor con melancolía—, muy mal. No durará mucho, gracias a Dios.
—Usted pasa demasiado tiempo encerrado —dijo el abogado—. Debería salir y activar la circulación como el señor Enfield y yo. (Este es mi primo, el señor Enfield; el doctor Jekyll). Vamos, búsquese el sombrero y dé con nosotros una rápida vuelta.
—Eres muy bueno —suspiró el otro—. Me gustaría muchísimo; pero no, no, no, es del todo imposible; no me atrevo. Pero de verdad, Utterson, me alegra mucho verte; esto es verdaderamente un gran placer; os invitaría a subir a ti y al señor Enfield, pero el sitio la verdad es que no es apto.
—Pues entonces —dijo el abogado, de buen humor—, lo mejor que podemos hacer es quedarnos aquí abajo y hablar con usted desde donde estamos.
—Eso mismo iba a atreverme a proponer —respondió el doctor con una sonrisa.
Pero apenas se habían pronunciado las palabras, cuando la sonrisa se desvaneció de su rostro, reemplazada por una expresión de tan abyecto terror y desesperación, que heló la sangre misma de los dos caballeros abajo.
Solo la vieron durante un instante, pues la ventana fue cerrada de golpe al momento; pero ese instante había sido suficiente, y dieron media vuelta y abandonaron el patio sin decir una palabra.
En silencio también atravesaron la calle secundaria; y no fue sino hasta que llegaron a una vía principal cercana, donde aun en domingo todavía había algo de bullicio, que el señor Utterson por fin se volvió y miró a su compañero.
Ambos estaban pálidos; y había un horror recíproco en sus ojos.