mi gabinete debe ser forzada entonces, y tú debes entrar solo; abrir la alacena acristalada (letra E) de la izquierda, rompiendo la cerradura si estuviera cerrada, y sacar, con todo su contenido tal como está, el cuarto cajón desde arriba o (lo que es lo mismo) el tercero desde abajo. En mi extrema angustia mental, tengo un miedo enfermizo a desorientarte; pero incluso si estuviera equivocado, podrás reconocer el cajón correcto por su contenido: unos polvos, un frasco y un cuaderno de notas. Te ruego que lleves este cajón contigo a Cavendish Square exactamente tal como está. > > “Esa es la primera parte del servicio; ahora vamos con la segunda. Deberías estar de vuelta, si te pones en marcha inmediatamente al recibir esto, mucho antes de la medianoche; pero te dejaré ese margen, no solo por el temor a uno de esos imprevistos que ni pueden evitarse ni preverse, sino porque una hora en que tus sirvientes estén en la cama es preferible para lo que quedará por hacer entonces. A la medianoche, pues, te pido que estés solo en tu gabinete de consulta, que dejes entrar en la casa por tu propia mano a un hombre que se presentará en mi nombre, y que pongas en sus manos el cajón que habrás traído contigo desde mi gabinete. Entonces habrás cumplido tu parte y te habrás ganado por completo mi gratitud. Cinco minutos después, si insistes en una explicación, habrás comprendido que estos preparativos son de capital importancia y que, por el descuido de uno solo de ellos, por fantásticos que deban parecerte, podrías haber cargado tu conciencia con mi muerte o el naufragio de mi razón. > > “Por seguro que tengo de que no te tomarás a la ligera esta súplica, mi
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El relato del Dr. Lanyon
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