contemplarlo, pues parecía exhalar una bondad de carácter tan inocente y antiquierta, aunque con algo elevado también, propio de una bien fundada satisfacción consigo mismo.
Pronto su mirada se dirigió al otro, y se sorprendió al reconocer en él a cierto señor Hyde, que en una ocasión había visitado a su amo y por quien había concebido una aversión.
Tenía en la mano un pesado bastón con el que jugaba distraídamente; pero no respondió ni una sola palabra y parecía escuchar con una impaciencia mal contenida.
Y entonces, de repente, estalló en una gran llamarada de ira, zapateando en el suelo, blandiendo el bastón y comportándose (como la criada lo describió) como un enloquecido.
El viejo caballero dio un paso atrás, con aire de estar muy sorprendido y un tanto ofendido; y en ese momento Mr. Hyde perdió por completo los estribos y lo derribó de un bastonazo.
Y al instante siguiente, con furia simiesca, estuvo pisoteando a su víctima y descargando una tormenta de golpes, bajo los cuales los huesos se rompieron de manera audible y el cuerpo rebotó sobre la calzada.
Ante el horror de estas visiones y sonidos, la criada se desmayó.
Eran las dos cuando volvió en sí y llamó a la policía. El asesino se había marchado hacía mucho tiempo; pero allí yacía su víctima en medio del callejón, increíblemente masacrada. El bastón con el que se había cometido el crimen, a pesar de ser de una madera muy dura, pesada y poco común, se había partido por la mitad bajo la presión de aquella crueldad insensata; y una mitad astillada había rodado hasta la alcantarilla vecina; la otra, sin duda, se la había llevado el asesino. A la víctima se le encontraron una cartera y un reloj de oro; pero ninguna