Reproches de Beatriz y confesión de Dante—El paso del Leteo.
“Oh, tú que estás allende el sacro río”, volviendo hacia mí el filo de su habla, que aun de soslayo me pareció tan agudo, reanudó, sin pausa continuando: “Di, di si esto es verdad; a tal cargo tu propia confesión debe unirse”.
Mis facultades estaban en tan gran confusión, que la voz se movió, pero antes se extinguió de lo que por sus órganos fue libertada. Un poco esperó; luego dijo: “¿En qué piensas? Respóndeme; que los tristes recuerdos en ti no están aún dañados por las aguas”.
Confusión y pesar juntos mezclados arrancaron un ¡Sí! de mi boca tal, que la vista era necesaria para entenderlo. Así como una ballesta se rompe cuando se dispara con la cuerda y el arco demasiado tensos, y con menos fuerza la flecha hiere el blanco, así cedí yo bajo aquella pesada carga, derramando en torrente lágrimas y suspiros, y la voz flaqueó en su salida.
Por lo cual ella a mí: “En aquellos deseos míos que te llevaron a amar aquel bien más allá del cual no hay nada a qué aspirar, ¿qué zanjas transversales o qué cadenas descubriste, para que de seguir adelante te hubieses despojado así de la esperanza? ¿Y qué alagos o qué ventajas en la frente de los otros se mostraban, para que volvieras a ellos tus pasos?”.
Tras el hondo suspiro de un amargo llanto, apenas tuve voz para dar respuesta, y mis labios con fatiga la formaron. Llorando dije: “Las cosas presentes con su falso placer desviaron mis pasos, tan pronto como vuestro rostro se ocultó”.
Y ella: “Si callaras, o negaras lo que confiesas, no menos manifiesto sería tu error: ¡por tal Juez es conocido! Mas cuando de las propias mejillas brota la acusación del pecado, en nuestro tribunal contra el filo se vuelve la rueda. Pero aun para que sientas mayor vergüenza por tu transgresión, y otra vez oyendo a las Sirenas seas más fuerte, desecha la semilla del llanto y escucha; así oirás cómo en sentido contrario mi carne sepultada debió haberte guiado.
Nunca te presentó el arte ni la naturaleza un placer tan grande como los bellos miembros en que estuve encerrada, que dispersos están en la tierra. Y si el sumo placer te falló así a causa de mi muerte, ¿qué cosa mortal debió entonces haberte atraído a su deseo? Debiste en verdad, al primer dardo de las cosas falaces, haberte levantado para seguirme a mí, que ya no era tal. No debiste abajar tus plumas para esperar otros golpes, o una niña, u otra vanidad de tan breve uso. El ave inexperta espera dos o tres, mas a los ojos de los ya emplumados en vano se tiende la red o se dispara el dardo”.
Así como los niños callados en su vergüenza están escuchando con los ojos en la tierra, conscientes de su culpa y penitentes; así estaba yo; y ella dijo: “Si al oír sufres pena, levanta la barba y mayor pena sentirás al ver”.
Con menos resistencia es un robusto encino desarraigado, ya por el viento patrio o por el de las regiones de Yarbas, de lo que alcancé a su mandamiento mi mentón; y cuando ella por la barba pidió el rostro, bien percibí el veneno de su significado. Y al ser mi rostro levantado, mis ojos percibieron que aquellas bellas criaturas habían cesado de esparcir las flores; y, aún poco tranquilizados, mis ojos vieron a Beatriz vuelta hacia el monstruo que es una sola persona en dos naturalezas.
Bajo su velo, más allá del verde margen, me pareció que en su antiguo ser vencía a los demás aquí, cuando aquí estaba. De tal modo me hirió entonces la espina del penitente, que de todas las otras cosas la que me tornó más a su amor se volvió mi mayor enemiga. Tanto autoconocimiento me hirió el corazón que caí vencido, y en qué me convertí entonces ella lo sabe, que me dio la causa.
Luego, cuando el corazón me devolvió el sentido externo, a la señora que hallé sola vi sobre mí, y ella iba diciendo: “Sosténme, sosténme”. Hasta la garganta me había adentrado en el arroyo, y arrastrándome tras ella, se movía sobre el agua ligera como una lanzadera.
Cuando estuve cerca de la hermosa orilla, Asperges me oí cantar tan dulcemente que recordarlo no puedo, mucho menos escribirlo. La hermosa señora abrió de par en par sus brazos, abrazó mi cabeza y me sumergió donde fui forzado a tragar el agua.
Luego me sacó, y todo goteando me llevó a la danza de las cuatro hermosas, y cada una con su brazo me cubrió. “Nosotras aquí somos Ninfas, y en el Cielo somos estrellas; antes que Beatriz descendiera al mundo, fuimos nombradas sus doncellas. Te guiaremos a sus ojos; mas para la alegre luz que hay en ellos, aguzarán los tuyos los tres de más allá, que miran más profundamente”.
Cantando así comenzaron; y después al pecho del Grifo me llevaron con ellos, donde Beatriz estaba, vuelta hacia nosotros. “Procura no escatimar tus ojos”, dijeron; “ante las esmeraldas te hemos colocado de donde el amor antaño sacó sus armas”.
Mil anhelos, más calientes que la llama, prendieron mis ojos en aquellos ojos relucientes, que fijos seguían en el Grifo. Como el sol en un espejo, no de otro modo brillaba en ellos el doble monstruo, ora con la una, ora con la otra naturaleza.
Piensa, Lector, si en mí mismo me asombré cuando vi que la cosa en sí se detenía y en su imagen se transformaba. Mientras llena de asombro y jubilosante mi alma gustaba el alimento que, al saciar nos hace desearlo más, mostrando la nobleza de su alto rango en su continente, las otras tres avanzaron, cantando a su angélica zarabanda.
“Vuelta, Beatriz, oh vuelta tus santos ojos”, era su canto, “hacia tu fiel, que para verte ha dado tantos pasos. Danos por gracia la gracia de que desveles tu rostro ante él, para que discierna la segunda belleza que ocultas”.
¡Oh esplendor de la luz viva eterna! ¿Quién bajo la sombra del Parnaso se ha vuelto tan pálido, o ha bebido tanto en su cisterna, que no parezca tener la mente abrumada esforzándose en pintarte como aparecías donde el armonioso cielo te ensombraba, cuando en el aire libre te desvelaste?