San Pedro examina a Dante sobre la Fe.
“Oh, compañía elegida para la gran cena del Cordero bendito, que os alimenta de modo que vuestro deseo queda siempre saciado, si por la gracia de Dios este hombre probare algo de lo que cae de vuestra mesa, antes de que la muerte le prescriba el tiempo, fijad la mente en su inmenso deseo, y rociadle un poco; vosotros bebéis siempre de la fuente de donde brota su pensamiento”.
Así Beatriz; y aquellas almas beatificadas se transformaron en esferas sobre polos firmes, ardiendo con intensidad a modo de cometas. Y como las ruedas en los mecanismos de los relojes giran de tal forma que la primera al observador le parece inmóvil, y la última en volar, así del mismo modo aquellas rondas, bailando a distinto compás, de su opulencia me daban la medida, según fueran veloces o lentas.
De aquella que noté de mayor belleza vi salir un fuego tan dichoso que no dejó allí otro de mayor brillo; y en torno a Beatriz tres veces seguidas giró con un canto tan divino, que mi fantasía no me lo repite; por eso la pluma salta y no lo escribo, pues nuestra imaginación ante tales pliegues, y mucho más nuestra palabra, es de un tinte demasiado chillón.
“¡Oh, hermana mía santa, que nos suplicas con tanta devoción, por tu ardiente amor me desatas de esa bella esfera!”.
Luego, habiéndose detenido, el bendito fuego dirigió su soplo hacia mi Señora, que habló de la manera que aquí he contado.
Y ella: “¡Oh, luz eterna del gran varón a quien nuestro Señor entregó las llaves que trajo abajo de este gozo milagroso, examina a este sobre puntos leves y graves, como bien te cuadra, acerca de la Fe por medio de la cual anduviste sobre el mar. Si ama bien, y espera bien, y cree, de ti no está oculto; pues tienes la vista allí donde todo lo creado se ve. Pero ya que este reino ha hecho ciudadanos por medio de la verdadera fe, para glorificarla es bueno que tenga la ocasión de hablar de ella”.
Como el bachiller se arma y no habla hasta que el maestro propone la cuestión, para discutirla y no para terminarla, así me armé yo con toda razón, mientras ella hablaba, para estar preparado ante tal interrogador y tal profesión.
“Habla, buen cristiano; manifiéstate; ¿Qué es la Fe?”.
A lo que alcé la frente hacia aquella luz de donde esto exhaló. Entonces me volví a Beatriz, y ella me hizo prontas señales para que yo vertiera el agua de mi fuente interior.
“¡Que la gracia, que me permite confesarme”, comencé, “ante el gran centurión, haga explícitos todos mis conceptos!”. Y continué: “Como la pluma veraz, padre, de tu querido hermano escribió de ello, que puso contigo a Roma en el buen camino, la fe es la sustancia de las cosas que esperamos, y la evidencia de las que no se ven; y esta me parece su quididad”.
Entonces oí: “Muy rectamente percibes, si bien comprendes por qué la colocó entre las sustancias y luego entre las evidencias”.
Y yo después: “Las cosas profundas que aquí se dignan mostrarme su aparición, ante todos los ojos de abajo están tan ocultas, que solo existen allí en la creencia, sobre la cual se funda la alta esperanza, y de ahí toma la naturaleza de sustancia. Y nos es necesario a partir de esta creencia razonar sin tener otra vista, y de ahí tiene la naturaleza de evidencia”.
Entonces oí: “Si todo lo que se adquiere abajo mediante la doctrina fuera así comprendido, ninguna sutileza de sofista tendría lugar allí”.
Así exhaló aquel amor encendido; luego añadió: “Muy bien se ha recorrido ya la aleación y el peso de esta moneda; mas dime si la tienes en tu bolsa”.
Y yo: “Sí, tan brillante y tan redonda que en su cuño no hay duda alguna”.
Después salió de la luz profunda que allí resplandecía: “Esta preciosa joya, sobre la cual se funda toda virtud, ¿de dónde la tuviste?”.
Y yo: “El gran torrente del Espíritu Santo, que ha sido derramado sobre los pergaminos antiguos y nuevos, es un silogismo que me lo probó con tanta agudeza que, comparada con ella, toda demostración me parece obtusa”.
Y entonces oí: “Los postulados antiguo y nuevo que te son tan concluyentes, ¿por qué los tomas por palabra divina?”.
Y yo: “Las pruebas que me muestran la verdad son las obras subsiguientes, para las cuales la Naturaleza nunca calentó hierro ni batió yunque”.
Se me respondió: “Di, ¿quién te asegura que esas obras existieron? La cosa misma que ha de ser probada, ninguna otra cosa te lo afirma”.
“Si el mundo se convirtió al cristianismo”, dije, “sin milagros, este solo es tal que los demás no son su centésima parte; ¡porque pobre y ayuno entraste en el campo a sembrar la buena planta, que era una vid y se ha vuelto zarza!”.
Terminado esto, la alta y santa Corte resonó por las esferas: “¡A un solo Dios alabamos!” con la melodía que allí arriba se canta. Y entonces aquel Barón, que de rama en rama, examinando, me había conducido así, hasta que nos acercábamos a las hojas extremas, comenzó de nuevo: “La Gracia que, jugueteando, juega con tu intelecto, te ha abierto la boca hasta este punto, como debía abrirse, de modo que apruebo lo que de ella ha emergido; mas ahora debes expresar lo que crees, y de dónde te fue presentada tu creencia”.
“¡Oh, santo padre, espíritu que contemplas lo que creíste de modo que venciste, hacia el sepulcro, a pies más juveniles!”, comencé, “quieres que manifieste en este lugar la forma de mi pronta creencia, y asimismo pides la causa de ella. Y respondo: En un solo Dios creo, único y eterno, que mueve todos los cielos con amor y con deseo, sin ser Él movido; y de tal fe no solo tengo pruebas físicas y metafísicas, sino que me las da asimismo la verdad que llueve desde este lugar a través de Moisés, de los Profetas y los Salmos, del Evangelio y de vosotros, que escribisteis después de que el Espíritu de fuego os santificara; en tres Personas eternas creo, y estas una esencia creo, tan una y trina que admiten conjunción con sunt y con est. Con la profunda y divina condición que ahora toco, sella mi mente a menudo la doctrina evangélica. Este es el principio, esta es la chispa que después se dilata en viva llama, y, como estrella en el cielo, centellea en mí”.
Así como un señor que oye lo que le complace abraza al punto a su servidor, felicitándole por la buena nueva tan pronto como calla; así, dándome su bendición, cantando, me cundó tres veces, cuando hube callado, la luz apostólica, a cuyo mandato yo había hablado, hablándole así le agradé.