reunido los pescadores y, con mucha jerga ininteligible, parecían estar pesando sus sacos.
—Más bien parece gorriones en un árbol que charla humana, ¿no te parece? —le comentó el turista anciano a su hijo, quien sonrió con desgana, pero no hizo el esfuerzo de hablar. El viejo probó con otro oyente.
—¿Qué llevan en esos sacos, capitán? —inquirió, mientras aquel gran ser pasaba junto a ellos en su desfile interminable de un lado a otro de la cubierta.
El Capitán detuvo su marcha y se inclinó imponente sobre los viajeros: alto, grave y serenamente satisfecho de sí mismo.
—Pescadores —explicó—; a menudo viajan como pasajeros en Mi barco. Estos cinco son de Mhruxi, el lugar en el que tocamos por última vez, y esa es la manera en que llevan su dinero. El dinero de esta isla es pesado, caballeros, pero cuesta poco, como habrán de suponer. Se lo compramos al peso, a unas cinco chelinazos la libra. Me imagino que un billete de diez libras compraría todos esos sacos.
Por entonces el viejo había cerrado los ojos —para concentrar sus pensamientos en estos interesantes hechos, sin duda—; pero el capitán no logró comprender su motivo y, con un gruñido, reanudó su marcha monótona.
Mientras tanto, los pescadores armaban tanto alboroto junto a la báscula que uno de los marineros tomó la precaución de llevarse todas las pesas, dejándoles que se divirtieran con los sustitutos que pudieran encontrar, tales como manivelas de cabrestante, cabillas, etcétera.
Esto puso fin rápidamente a su entusiasmo: escondieron cuidadosamente sus sacos entre los pliegues del foque que yacía en cubierta, cerca de los turistas, y se alejaron paseando.