Pero el Capitán desestimó la sugerencia con un ademán.
—¡No, señor! —dijo, con su tono más imponente—. Me disculpará, estoy seguro; pero estos son mis pasajeros. El accidente ha ocurrido a bordo de mi barco y bajo mis órdenes. A mí me corresponde pagar la indemnización.
Se volvió hacia los furiosos pescadores.
—¡Vengan aquí, muchachos! —dijo, en dialecto mhruxiano—. Díganme el peso de cada costal. Los vi pesándolos hace un momento.
Se armó entonces una auténtica Babel de ruido, mientras los cinco nativos explicaban, gritando todos a la vez, cómo los marineros se habían