Aquí la pequeña potentada dio una palmada, y al instante apareció una tropa de esclavos que llevaban bandejas de café y dulces, las cuales ofrecieron a los invitados, quienes, a una señal del Gobernador, se habían sentado sobre la alfombra.
—¡Caramelos! —murmuró el viejo—. ¡Uno bien podría estar en una confitería! ¡Pide un panecillo de un penique, Norman!
—¡No tan alto! —susurró su hijo—. ¡Di algo halagador! Pues el Gobernador evidentemente esperaba un discurso.
—Agradecemos a Su Alteza Exaltada —comenzó el anciano con timidez—. Nos bañamos en la luz de su sonrisa, que...
—¡Las palabras de los viejos son débiles! —interrumpió el Gobernador con ira—. ¡Que hable la juventud!
—Dile —exclamó Norman, en un arrebato salvaje de elocuencia— que, como dos saltamontes en un volcán, ¡nos estamos achicharrando en presencia de Su Vehemencia Lentejuelada!
—Está bien —dijo el Gobernador, y tradujo esto al kgovjnianés—. Ahora debo deciros —prosiguió— lo que Su Radiancia os exige antes de marcharos. El concurso anual para el puesto de bufandero imperial acaba de terminar; vosotros sois los jueces. Tomaréis en cuenta la velocidad de trabajo, la ligereza de las bufandas y su calidez.
Por lo general, los competidores difieren en un solo punto. Así, el año pasado, Fifi y Gogo hicieron el mismo número de bufandas en la semana de prueba, y eran igualmente ligeras; ¡pero las de Fifi abrigaban el doble que las de Gogo y se declaró que era dos veces mejor! Pero este año, ay de mí, ¿quién podrá juzgarlo? Hay tres competidores aquí, ¡y difieren en todos los puntos! Mientras resolvéis sus demandas, seréis alojados, según manda decir Su Radiancia, sin gastos, en el mejor calabozo, y alimentados sobriamente con el mejor pan y agua.