—Claro que lo es —dijo Lambert.
—¡Pues mira esto otra vez! —exclamó Hugh, triunfante, mientras vertía el agua del balde grande en el pequeño—. ¡Pero si no llega a llenarlo ni hasta la mitad!
—Es su problema —dijo Lambert—. Si Balbus dice que es el mismo volumen, pues es el mismo volumen, ya sabes.
—Bueno, no me lo creo —dijo Hugh.
—No hace falta —dijo Lambert—. Además, es la hora de cenar. Vamos.
Encontraron a Balbus esperándoles para cenar, y Hugh le expuso en el acto su dificultad.
—Primero vamos a atenderte —dijo Balbus, cortando con agilidad un trozo de carne—. ¿Conoces el viejo refrán: «Primero el cordero, los mecánicos después»?
Los muchachos no conocían el refrán, pero lo aceptaron de la manera más ingeniosa y de buena fe, como hacían con cada fragmento de información, por sorprendente que fuera, que provenía de una autoridad tan infalible como su tutor.
Comieron sin parar y en silencio, y, cuando terminó la cena, Hugh dispuso el despliegue habitual de plumas, tinta y papel, mientras Balbus les repetía el problema que les había preparado para la tarea de la tarde.
—Un amigo mío tiene un jardín de flores —muy bonito, aunque no muy grande—
—¿De qué tamaño es? —dijo Hugh.