—¡No hay nada como un poco de Ley para amedrentar a los rufianes, querida mía! —le comentó en confidencia a Clara—. ¿Viste cómo se acobardó cuando mencioné el Habeas Corpus? No es que tenga la menor idea de lo que significa, pero suena muy imponente, ¿verdad?
—Es muy irritante —respondió Clara, un poco vagamente.
—¡Mucho! —repitió la viejecita con entusiasmo—. Y estamos muy enojadas, la verdad. ¿A que sí, hermana?
—¡Jamás en toda mi vida me había sentido tan provocada! —asintió la hermana más gorda, radiante.
Por entonces Clara ya había reconocido a sus conocidos de la galería de cuadros y, apartando a su tía a un lado, le susurró apresuradamente sus recuerdos:
«Los conocí por primera vez en la Royal Academy, y fueron muy amables conmigo, y estaban almorzando en la mesa de al lado hace un momento, ya sabes, ¡y trataron de ayudarme a encontrar el cuadro que quería, y estoy segura de que son unos viejos entrañables!».
—¿Amigos tuyos, no? —dijo la Loca Mathesis—. Bueno, me dan buena espina. Puedes ser amable con ellos mientras consigo los boletos. ¡Pero procura ordenar tus ideas un poco más cronológicamente!
Y así fue como las cuatro damas se encontraron sentadas una al lado de la otra en el mismo banco esperando el tren, y charlando como si se conocieran de toda la vida.
—¡Pues a esto sí que lo llamo yo una coincidencia de lo más notable! —exclamó la menor y más locuaz de las dos hermanas, aquella cuyos conocimientos jurídicos habían aniquilado al taxista—. No solo que estemos esperando el mismo tren y en la misma estación —eso ya sería bastante