un vaso de limonada, cuatro sándwiches, diez galletas. Total, un chelín y cinco peniques. Le entregó las tablillas a Clara, quien las contempló con unos ojos tan nublados por las lágrimas que al principio no se dio cuenta de que las tenía al revés.
Las dos hermanas habían estado escuchando todo esto con el más hondo interés, y en ese momento la menor apoyó suavemente su mano en el brazo de Clara.
—¿Sabe, querido —dijo con tono persuasivo—, mi hermana y yo estamos exactamente en el mismo aprieto! ¡Exactamente en el mismo aprieto! ¿Verdad que sí, hermana?
"Casi idéntica y absolutamente la mis——" empezó la hermana más gorda, pero estaba construyendo su frase en una escala demasiado grande, y la pequeña no quiso esperar a que la terminara.
—Sí, querida —prosiguió—; estábamos almorzando en el mismo local que ustedes, y tomamos dos vasos de limonada, tres sándwiches y cinco galletas, y ninguna de nosotras tiene la menor idea de cuánto pagamos. ¿Verdad que no, hermana?
—Exacta e idénticamente... —murmuró la otra, que evidentemente consideraba que ya llevaba toda una frase de retraso y que debía saldar una obligación antes de contraer nuevos compromisos; pero la pequeña señora volvió a interrumpirla, y ella se retiró de la conversación en situación de bancarrota.
¿Podría hacérnoslo, querida? —suplicó la ancianita.
—Supongo que sabrás aritmética, ¿no? —dijo su tía, un tanto preocupada, mientras Clara pasaba de una tablilla a otra intentando en vano concentrarse. Su mente estaba en blanco, y toda expresión humana se iba borrando rápidamente de su rostro.