—Y lo digo en serio —insistió el Capitán—. Vaya, ¿qué te imaginas que sería de Mi barco, si llegara a perder Mi Longitud y Mi Latitud? ¿Podrías tú sacar algo en claro de Mi Estimación?
—¡Nadie podría, estoy seguro! —replicó la otra con entusiasmo.
Pero había exagerado.
—Es perfectamente inteligible —dijo el Capitán, en un tono ofendido— para cualquiera que entienda de estas cosas.
Con estas palabras se alejó y comenzó a dar órdenes a los hombres, que se disponían izar el foque.
Nuestros turistas observaron la maniobra con tanto interés que ninguno de los dos se acordó de las cinco talegas de dinero que, al instante siguiente, mientras el viento henchía el foque, salieron despedidas por la borda y cayeron pesadamente al mar.
Pero los pobres pescadores no habían olvidado tan fácilmente su propiedad. En un momento se habían precipitado al lugar, y se quedaron lanzando gritos de furia y señalando, ora al mar, ora a los marineros que habían causado el desastre.
El anciano se lo explicó al Capitán.
—Arreglemos esto entre nosotros —añadió para terminar—. Diez libras bastarán, ¿creo que dijiste?