— Cálmate, querida —dijo la que había hablado primero—, y trata de recordar cuál era. ¿De qué tema se
—¿Era un elefante, por ejemplo? —sugirió la otra hermana. Aún alcanzaban a ver al teniente Brown.
—¡Eso sí que no lo sé! —respondió Clara con impetuosidad—. ¡Ya sabes que da exactamente igual de qué tema se trate, con tal de que sea bueno!
Una vez más las hermanas intercambiaron miradas de alarma, y una de ellas le susurró algo a la otra, de lo cual Clara solo captó la palabra «loca».
—Se refieren a la tía Mattie, por supuesto —se dijo a sí misma, imaginando, en su inocencia, que Londres era como su ciudad natal, donde todo el mundo conocía a los demás—. Si se refiere a mi tía —añadió en voz alta—, está ahí, justo a tres cuadros del teniente Brown.
—¡Ah, bueno! ¡Pues más te vale ir a verla, querida! —dijo su nueva amiga, con tono consolador—. Ella te encontrará el cuadro que buscas. ¡Adiós, querida!
—¡Adiós, querida! —repitió la otra hermana—. ¡Procura no perder de vista a tu tía! Y ambas se fueron trotando a otra habitación, dejando a Clara bastante desconcertada por sus modales.
—¡Son unos encantos de verdad! —se soliloquió—. ¡Me pregunto por qué me tienen tanta lástima! —Y siguió vagando, murmurando para sus adentros—: Debe tener dos buenas notas, y...