se volvió para apelar a Clara—. ¿A que no, querida? —dijo, esforzándose por fruncir el ceño en un rostro que se llenaba de hoyuelos por todas partes a causa de las sonrisas.
—Algunos son demasiado anchos para su propia piel —gruñó el cochero.
—¡No me provoque, hombre! —gritó la diminuta ancianita, en lo que pretendía ser una tempestad de furia—. ¡Diga otra palabra y lo meto en el Tribunal de Condado y lo demandaré por un hábeas corpus! El cochero se tocó el sombrero y se marchó con una sonrisa burlona.