La defensa, sin embargo, consta de dos elementos diferentes: estos son la decisión y el estado de expectativa. La combinación de estos dos elementos constituye el tema de este capítulo.
Primero debemos observar que el estado de expectativa no es, de hecho, la defensa completa; es únicamente aquella provincia de la misma en la que se procede hacia su objetivo.
Mientras una fuerza militar no haya abandonado la porción de territorio puesta bajo su salvaguarda, la tensión de fuerzas en ambos bandos creada por el ataque continúa, y esto dura hasta que hay una decisión.
La decisión en sí misma solo puede considerarse como ocurrida efectivamente cuando el atacante o el defensor ha abandonado el teatro de guerra.
Mientras una fuerza armada se mantenga dentro de su teatro, la defensa del mismo continúa, y en este sentido la defensa del teatro de la guerra es idéntica a la defensa en el mismo.
Que entretanto el enemigo se haya apoderado de mucho o de poco de esa sección del país no es esencial, pues solo se le presta hasta que se tome una decisión.
Pero esta clase de idea mediante la cual deseamos fijar la relación adecuada entre el estado de expectativa y el conjunto solo es correcta cuando ha de producirse realmente una decisión, y ambas partes la consideran inevitable.
Pues solo mediante dicha decisión son alcanzados efectivamente los centros de gravedad de las fuerzas respectivas y el teatro de operaciones determinado por medio de ellos.
Tan pronto como la idea de una solución decisiva desaparece, los centros de gravedad se neutralizan —en cierto sentido, de hecho, lo hace también el conjunto de las fuerzas armadas— y entonces la posesión de territorio, que constituye la segunda rama principal de todo el teatro de operaciones, pasa a ocupar un primer plano como objetivo directo.
En otras palabras: cuanto menos se busca un golpe decisivo por ambas partes en una guerra, y cuanto más se trata meramente de una observación mutua, tanto más importante se vuelve la posesión del territorio, tanto más busca la defensa cubrirlo todo directamente y tanto más procura el atacante extender sus fuerzas en su avance.
Ahora no podemos ocultarnos el hecho de que la mayoría de las guerras y campañas se acercan mucho más a un estado de observación que a una lucha a vida o muerte, es decir, a un combate en el cual al menos uno de los contendientes emplea todos sus esfuerzos para lograr una decisión completa.
Este último carácter solo se encuentra en las guerras del siglo XIX en tal grado que una teoría fundada en este punto de vista puede emplearse en relación con ellas. Pero como es improbable que todas las guerras futuras tengan este carácter, y cabe esperar más bien que muestren de nuevo una tendencia al carácter de observación, cualquier teoría, para ser útil en la práctica, debe prestar atención a eso.
De ahí que comencemos con el caso en el que el deseo de una decisión impregna y guía el todo, por lo tanto con la guerra real, o si se nos permite la expresión, guerra absoluta; luego en otro capítulo examinaremos aquellas modificaciones que surgen a través de la aproximación, en mayor o menor grado, al estado de una guerra de observación.
En el primer caso (ya sea que la decisión sea buscada por el agresor o por el defensor), la defensa del teatro de operaciones debe consistir en que el defensor se establezca en él de tal manera que, en una decisión, tenga la ventaja de su parte en cualquier momento.
Esta decisión puede ser una batalla, o una serie de grandes combates, pero también puede consistir en la resultante de meras relaciones que surgen de la situación de las fuerzas opuestas, es decir, combates posibles.
Si el combate no fuera además el medio más poderoso, el más habitual y el más eficaz para llegar a una decisión en la guerra, como creemos haber demostrado ya en varias ocasiones, el mero hecho de ser, en un sentido general, uno de los medios para alcanzar dicha solución, bastaría para ordenar la mayor concentración de nuestras fuerzas que las circunstancias de cualquier modo permitan.
Una gran batalla en el teatro de la guerra es el golpe del centro de gravedad contra el centro de gravedad; cuantas más fuerzas puedan reunirse en uno u otro, más seguro y mayor será el efecto.
Por tanto, toda separación de fuerzas que no esté exigida por un objetivo (que no pueda ser alcanzado por el resultado favorable de una batalla, o que no sea necesario en sí mismo para el resultado favorable de la misma) es censurable.
Pero la mayor concentración de fuerzas no es la única condición fundamental; también se requiere que tengan tal posición y lugar que la batalla pueda librarse bajo circunstancias favorables.
Los diferentes pasos de la defensa que hemos conocido en el capítulo sobre los métodos de defensa son completamente homogéneos con estas condiciones fundamentales; por consiguiente, no habrá ninguna dificultad en relacionarlos con ellas de acuerdo con los requerimientos especiales de cada caso. Pero hay un punto que a primera vista parece implicar una contradicción en sí mismo y que, al ser uno de los más importantes de la defensa, requiere tanto más una explicación. Se trata de dar en el centro de gravedad exacto de la fuerza del enemigo.
Si el defensor averigua a tiempo las rutas por las que avanzará el enemigo, y sobre las cuales, en particular, se hallará con certeza la gran masa de su fuerza, podrá marchar contra él por dicho camino.
Este será el caso más habitual, pues aunque el defensor se anteceda al ataque con medidas de carácter general, en el establecimiento de plazas fuertes, grandes arsenales y depósitos, y en el pie de paz de su ejército —dando así una línea de dirección al asaltante en sus preparativos—, aun así, cuando la campaña realmente se abre, el defensor, en relación con el agresor, tiene por lo general la peculiar ventaja de jugar la última carta.
Para atacar un país extranjero con un gran ejército, se requieren preparativos muy considerables. Es necesario reunir provisiones, pertrechos y artículos de equipamiento de todo tipo, lo cual requiere tiempo.
Mientras se llevan a cabo estos preparativos, el defensor dispone de tiempo para prepararse en consecuencia, respecto a lo cual no debemos olvidar que la defensa exige menos tiempo, por lo general, debido a que en todo Estado las cosas están preparadas más para la defensiva que para la ofensiva.
Pero aunque esto pueda ser válido en la mayoría de los casos, siempre existe la posibilidad de que, en casos particulares, el defensor permanezca en la incertidumbre respecto a la línea principal por la que el enemigo pretende avanzar; y este caso es más probable que ocurra cuando la defensa depende de medidas que de por sí demandan bastante tiempo, como por ejemplo, la preparación de una posición fuerte.
Además, suponiendo que el defensor se sitúa en la línea por la que el agresor avanza, a menos que el defensor esté preparado para tomar la iniciativa atacando al agresor, este último podrá eludir la posición que el defensor ha adoptado con solo alterar ligeramente su línea de avance, pues en las regiones cultivadas de Europa jamás podremos encontrarnos de tal modo que no haya caminos a la derecha o a la izquierda mediante los cuales pueda evitarse cualquier posición.
Evidentemente, en tal caso el defensor no podría aguardar a su enemigo en una posición, o al menos no podría aguardar allí con la expectativa de librar batalla.
Pero antes de entrar en los medios de que dispone la defensa en este caso, debemos investigar con más detalle la naturaleza de dicho caso y la probabilidad de que ocurra.
Naturalmente hay en todo Estado, y también en cada teatro de guerra (del cual únicamente hablamos en este momento), objetos y puntos sobre los cuales es probable que un ataque resulte más eficaz que en cualquier otra parte.
Sobre esto creemos que será mejor hablar cuando lleguemos al ataque. Aquí nos limitaremos a observar que, si el objeto y el punto de ataque más ventajosos son el motivo para el atacante en la dirección de su golpe, este motivo repercute en la defensa, y debe ser su guía en los casos en que no sepa nada de las intenciones de su adversario.
Si el atacante no toma esta dirección que le es favorable, renuncia a parte de sus ventajas naturales. Es evidente que, si el defensor ha adoptado una posición en esa dirección, el evadir su posición o rodearla no se hace por nada; cuesta un sacrificio.
De esto se deduce que no existe por parte del defensor un riesgo tan grande de errar la dirección de su enemigo; ni por otra parte es tan fácil para el atacante rodear a su adversario como parece a primera vista, porque existe de antemano un motivo muy claro, y en la mayoría de los casos preponderante, a favor de una u otra dirección, y en consecuencia el defensor, aunque sus preparativos estén fijados en un solo punto, no dejará en la mayoría de los casos de entrar en contacto con la masa de las fuerzas enemigas.
En otras palabras, si el defensor se ha colocado en la posición correcta, puede estar casi seguro de que el atacante saldrá a su encuentro.
Pero con esto no debemos ni podemos negar la posibilidad de que el defensor a veces no llegue a encontrarse con el asaltante después de todos estos preparativos, y por lo tanto surge la cuestión de qué debe hacer entonces, y cuántas de las ventajas reales de su posición siguen estando a su disposición.
Si nos preguntamos qué medios le quedan todavía por lo general al defensor cuando el atacante reasa su posición, son los siguientes:—
- Dividir sus fuerzas al instante, de modo que tuviera la certeza de encontrar al agresor con una porción, y luego apoyar esa porción con la otra.
- Tomar una posición con su fuerza reunida, y en caso de que el atacante pase junto a él, avanzar rápidamente delante de él mediante un movimiento lateral. En la mayoría de los casos no habrá tiempo para hacer tal movimiento directamente hacia un flanco, por lo que será necesario adoptar la nueva posición un tanto más atrás.
- Con todas sus fuerzas para atacar al enemigo por el flanco.
- Para operar contra sus comunicaciones.
- Mediante un contraataque en su teatro de operaciones, hacer exactamente lo que el enemigo ha hecho al rebasarnos.
Introducimos esta última medida porque es posible imaginar un caso en el que pueda ser eficaz; pero como está en contradicción con el objeto de la defensa, es decir, con los fundamentos por los cuales se ha elegido esa forma, por lo tanto solo puede considerarse como una anomalía, que solo puede tener lugar porque el enemigo ha cometido algún gran error, o porque hay otros rasgos especiales en un caso particular.
Operar contra las comunicaciones del enemigo implica que las nuestras son superiores, lo cual es también uno de los requisitos fundamentales de una buena posición defensiva.
Pero aunque sobre esa base esta acción pueda prometer al defensor una cierta cantidad de ventaja, aún así, en la defensa de un teatro de guerra, rara vez es una operación adecuada para conducir a una decisión, que hemos supuesto que es el objetivo de la campaña.
Las dimensiones de un único teatro de operaciones rara vez son tan grandes que la línea de comunicaciones quede expuesta a un gran peligro por su longitud, y aun si estuviera en peligro, el tiempo que el agresor necesita para la ejecución de su golpe suele ser demasiado corto como para que su avance sea detenido por los lentos efectos de la acción contra sus comunicaciones.
Por lo tanto, esto significa (es decir, la acción contra las comunicaciones) que resultará bastante ineficaz en la mayoría de los casos contra un enemigo decidido a buscar una decisión, y también en el caso de que el defensor busque tal solución.
El objeto de los otros tres medios que le quedan al defensor es una decisión directa: un encuentro de centro de fuerza con centro de fuerza; corresponden mejor, por tanto, a la cosa requerida. Pero diremos desde ya que preferimos decididamente el tercero a los otros dos y, sin rechazar del todo estos últimos, consideramos que el primero es, en la mayoría de los casos, el verdadero medio de defensa.
En una posición en la que nuestras fuerzas están divididas, siempre existe el peligro de verse envuelto en una guerra de posiciones, de la cual, si nuestro adversario es decidido, puede derivarse, en el mejor de los casos, únicamente una defensa relativa a gran escala, jamás una decisión como la que deseamos; y aun cuando mediante una tactica superior logremos evitar este error, con todo, al ser la resistencia preliminar con fuerzas divididas, el primer impacto se debilita notablemente, y nunca podemos estar seguros de que el cuerpo avanzado que entre en combate primero no sufra pérdidas desproporcionadas.
A esto hay que añadir que la resistencia de este cuerpo, que por lo general termina en su retirada hacia el grueso principal, se presenta ante las tropas como un combate perdido o un fracaso de los planes, y la fuerza moral se resiente en consecuencia.
El segundo medio, el de colocar toda nuestra fuerza frente al enemigo, en cualquier dirección que este encamine su marcha, conlleva el riesgo de que lleguemos demasiado tarde y, así, entre dos medidas, quedarnos cortos en ambas.
Aparte de esto, una batalla defensiva requiere sangre fría y reflexión, un conocimiento, e incluso un conocimiento íntimo del país, que no puede esperarse en un movimiento oblicuo apresurado hacia un flanco.
Por último, las posiciones adecuadas para un buen campo de batalla defensivo son demasiado raras de encontrar como para contar con ellas en cada punto de cada camino.
Por otra parte, el tercer medio, a saber, atacar al enemigo por el flanco, dando por tanto batalla con un cambio de frente, conlleva grandes ventajas.
En primer lugar, siempre existe en este caso, como sabemos, una exposición de las líneas de comunicación, aquí las líneas de retirada, y a este respecto el defensor tiene una ventaja en sus relaciones generales como defensor, y luego y principalmente, la ventaja que hemos reivindicado para las propiedades estratégicas de su posición actual.
En segundo lugar —y esto es lo principal—, todo agresor que intenta rebasar a su adversario se halla expuesto a dos tendencias opuestas.
Su primer deseo es avanzar para alcanzar el objetivo de su ataque; pero la posibilidad de ser atacado por el flanco en cualquier momento crea la necesidad de estar preparado, en cualquier instante, para asestar un golpe en esa dirección, y además un golpe con la masa de sus fuerzas.
Estas dos tendencias son contradictorias y engendran una complicación tal en las relaciones internas (de su ejército), una dificultad tal en la elección de las medidas, si han de adaptarse a cada acontecimiento, que difícilmente puede haber una posición peor desde el punto de vista estratégico.
Si el agresor supiera con certeza el momento en que va a ser atacado, podría prepararse para recibir al enemigo con destreza y habilidad; pero ante la incertidumbre en este punto, y apremiado por la necesidad de avanzar, es casi seguro que, cuando llegue el momento del combate, este lo sorprenda en medio de preparativos apresurados e inacabados, y por consiguiente en una situación de todo punto ventajosa para su enemigo.
Si hay entonces momentos favorables para que el defensor libre una batalla ofensiva, es sin duda en un momento como este, por encima de todos los demás, donde podemos esperar el éxito.
Si consideramos, además, que el conocimiento del terreno y la elección del mismo están del lado del defensor, que este puede preparar sus movimientos y calcular su tiempo, nadie puede dudar de que posee en tal situación una superioridad decidida, estratégicamente, sobre su adversario.
Pensamos, por lo tanto, que un defensor que ocupe una posición bien elegida, con sus fuerzas unidas, puede esperar tranquilamente a que el enemigo pase junto a su ejército; si el enemigo no lo ataca en su posición, y una operación contra las comunicaciones del enemigo no conviene a las circunstancias, todavía le queda un medio excelente para provocar una decisión recurriendo a un ataque por el flanco.
Si apenas se encuentran casos de este tipo en la historia militar, la razón es, en parte, que el defensor rara vez ha tenido el valor de mantenerse firme en una posición semejante, sino que o bien ha dividido sus fuerzas, o se ha lanzado temerariamente frente a su enemigo mediante una marcha transversal o diagonal, o bien ningún agresor se atreve a aventurarse a pasar junto al defensor bajo tales circunstancias, y de ese modo su movimiento suele detenerse por completo.
El defensor se ve en este caso obligado a recurrir a un combate ofensivo: las mayores ventajas del estado de expectativa de una posición fuerte, de buenas trincheras, etc., etc., tiene que abandonarlas; en la mayoría de los casos, la situación en la que sorprende al enemigo que avanza no compensará del todo estas ventajas, pues precisamente para eludir la influencia de aquellas es que el asaltante se ha colocado en su actual situación; aun así, esta siempre le ofrece una cierta compensación, y la teoría, por tanto, no se ve obligada simplemente a ver cómo una cantidad desaparece de inmediato del cálculo, a ver cómo el pro y el contra se anulan mutuamente, como sucede tan a menudo cuando los escritores críticos de la historia introducen un poco de teoría.
No debe suponerse, en efecto, que ahora nos ocupamos de sutilezas lógicas; el tema es más bien de aquellos que, cuanto más se consideran prácticamente, tanto más se presentan como una idea que abarca toda la esencia de la guerra defensiva, dominándola y regulándola en todas partes.
Solo mediante la determinación por parte del defensor de asaltar a su oponente con toda su fuerza, en el momento en que pasa junto a él, evita dos escollos hacia los cuales lo conduce la forma defensiva; a saber, una división de su fuerza y una marcha de flanco apresurada para interceptar al atacante de frente.
En ambos acepta la ley del atacante; en ambos busca ayudarse mediante medidas de naturaleza muy crítica y con un grado de precipitación de lo más peligroso; y dondequiera que un adversario resuelto, sediento de victoria y de una decisión, se ha encontrado con un sistema de defensa semejante, lo ha hecho añicos.
Pero cuando el defensor ha reunido sus fuerzas en el punto adecuado para librar una acción general, si está decidido con esta fuerza, pase lo que pase, a atacar a su enemigo en el flanco, ha actuado correctamente y se encuentra en el camino correcto, y cuenta con el respaldo de todas las ventajas que la defensa puede ofrecer en su situación; sus acciones llevarán entonces el sello de una buena preparación, sangre fría, seguridad, unidad y simplicidad.
No podemos evitar mencionar aquí un acontecimiento notable de la historia, que guarda una estrecha analogía con las ideas aquí desarrolladas; lo hacemos para anticiparnos a que se le dé una aplicación errónea.
Cuando en octubre de 1806 el ejército prusiano esperaba en Turingia a los franceses al mando de Buonaparte, el primero estaba apostado entre los dos grandes caminos por los cuales era de esperar que avanzaran los segundos, es decir, el camino a Berlín por Erfurt y el de Hof y Leipzig.
La primera intención de irrumpir en Franconia directamente a través del Bosque de Turingia, y después, cuando se abandonó ese plan, la incertidumbre sobre cuál de los caminos elegirían los franceses para su avance, motivaron esta posición intermedia. Como tal, debió de conducir, por consiguiente, a la adopción de la medida que venimos discutiendo: una apresurada intercepción del enemigo por el frente mediante un movimiento lateral.
Esta era de hecho la idea en caso de que el enemigo marchara por Erfurt, pues los caminos en esa dirección eran buenos; por otra parte, la idea de un movimiento de esta descripción en el camino de Hof era descartable, en parte porque el ejército se encontraba a dos o tres marchas de distancia de ese camino, en parte porque el profundo valle del Saale se interponía; tampoco este plan formó jamás parte de las miras del duque de Brunswick, de modo que no se hizo ningún tipo de preparación para llevarlo a cabo, pero siempre fue contemplado por el príncipe Hohenlohe, es decir, por el coronel Massenbach, quien ejerció toda su influencia para arrastrar al duque a este plan.
Menos aún podía contemplarse la idea de abandonar la posición que se había tomado en la margen izquierda del Saale para intentar una batalla ofensiva contra Buonaparte en su avance, es decir, un ataque de flanco como el que venimos considerando; pues si el Saale era un obstáculo para interceptar al enemigo en el último momento (à fortiori), lo sería todavía más para pasar a la ofensiva en un momento en que el enemigo estuviera en posesión de la orilla opuesta del río, al menos parcialmente.
El duque, por lo tanto, determinó esperar detrás del Saale para ver qué sucedía, es decir, si es que se puede llamar determinación a algo que emanaba de este Cuartel General bicéfalo —o mejor dicho, polífago—, y en esta época de confusión e indecisión total.
Cualquiera que haya sido el verdadero estado de las cosas durante este periodo de expectativa, la consiguiente situación del ejército era la siguiente:—
- Que el enemigo pudiera ser atacado si cruzaba el Saale para atacar al ejército prusiano.
- Que si no marchaba contra aquel ejército, se podían iniciar operaciones contra sus líneas de comunicación.
- Si se considerara practicable y conveniente, podría ser interceptado cerca de Leipzig mediante una marcha rápida de flanco.
En el primer caso, el ejército prusiano poseía una gran ventaja estratégica y táctica en el profundo valle del Saale. En el segundo, la ventaja estratégica era igual de grande, pues el enemigo tenía solo una base muy estrecha entre nuestra posición y el territorio neutral de Bohemia, mientras que la nuestra era sumamente amplia; aun en el tercer caso, nuestro ejército, cubierto por el Saale, no se encontraba en absoluto en una situación desventajosa.
Todas estas tres medidas, a pesar de la confusión y la falta de una percepción clara en el cuartel general, se discutieron realmente; pero ciertamente no podemos extrañarnos de que, aunque se haya concebido una idea acertada, esta haya fracasado por completo en la ejecución debido a la absoluta falta de resolución y a la confusión reinante en general.
En los dos primeros casos, la posición en la orilla izquierda del Saale debe considerarse como una verdadera posición de flanco, y sin duda tenía como tal cualidades muy grandes; pero a la verdad, frente a un enemigo muy superior, contra un Buonaparte, una posición de flanco con un ejército que no está muy seguro de lo que hace, es una medida muy atrevida.
Tras larga vacilación, el día 13 el Duque adoptó el último de los planes propuestos, pero ya era demasiado tarde, Buonaparte había comenzado ya a cruzar el Saale, y las batallas de Jena y Auerstadt eran inevitables. El Duque, debido a su indecisión, se había quedado entre dos sillas; abandonó su primera posición demasiado tarde para introducir a su ejército antes que el enemigo, y demasiado pronto para una batalla adecuada al objetivo.
Sin embargo, la fuerza natural de esta posición demostró ser tal que el Duque pudo destruir el ala derecha del ejército enemigo en Auerstadt, mientras que el príncipe Hohenlohe, mediante una retirada sangrienta, aún pudo salir del apuro; pero en Auerstadt no se atrevieron a materializar la victoria, que era completamente cierta; y en Jena creyeron que podían contar con una que era del todo imposible.
En cualquier caso, Buonaparte sentía de tal manera la importancia estratégica de la posición en el Saale, que no se aventuró a pasar de largo, sino que decidió forzar el paso del Saale a la vista del enemigo.
Por lo que hemos dicho hasta ahora, creemos haber determinado suficientemente las relaciones entre la defensa y el ataque cuando se persigue un curso de acción decisivo, y creemos haber mostrado también los hilos a los que, según su situación y conexión, se adhieren los diferentes temas del plan de defensa.
Entrar en los diferentes arreglos con mayor detalle no entra dentro de nuestras miras, pues ello nos conduciría a un campo sin límites de casos particulares. Cuando un general ha establecido un punto claro para su orientación, verá hasta qué punto este coincide con las circunstancias geográficas, estadísticas y políticas, las relaciones materiales y personales de su propio ejército y las del enemigo, y cómo unas u otras pueden exigir que sus planes sean modificados al llevarlos a la práctica.
Pero para conectar más claramente y examinar de cerca las gradaciones de la defensa especificadas en el capítulo sobre los diferentes tipos de defensa, expondremos aquí ante nuestros lectores lo que nos parece más importante en relación con la misma en general.
- Las razones para marchar contra el enemigo con vistas a una batalla ofensiva pueden ser las siguientes:—
(a) Si sabemos que el enemigo avanza con sus fuerzas muy divididas, y por tanto tenemos razones para esperar la victoria, aunque seamos, en conjunto, mucho más débiles.
Pero semejante avance por parte del asaltante es en sí mismo muy improbable y, por consiguiente, a menos que lo sepamos por información certera, el plan no es bueno; pues contar con él y depositar en él todas nuestras esperanzas mediante una mera suposición, y sin motivo suficiente, conduce por lo general a una situación muy peligrosa.
No encontramos, pues, las cosas como esperábamos; nos vemos obligados a renunciar a la batalla ofensiva, no estamos preparados para luchar a la defensiva, nos vemos obligados a iniciar una retirada en contra de nuestra voluntad y a dejar casi todo al azar.
Esto fue muy parecido a lo que ocurrió en la defensa, llevada a cabo por el ejército al mando de Dohna contra los rusos, en la campaña de 1759, y que, bajo el general Wedel, terminó en la desafortunada batalla de Züllichau.
Esta medida abrevia tanto las cosas que los creadores de planes no hacen sino proponerla con demasiada buena disposición, sin tomarse gran molestia en indagar hasta qué punto la hipótesis en que se fundamenta está bien fundada.
(b) Si en general estamos en suficientes fuerzas para el combate, y—
(c) Si un adversario torpe e irresoluto invita especialmente a un ataque.
En este caso, el efecto de sorpresa puede valer más que cualquier ayuda proporcionada por el terreno mediante una buena posición. Es la verdadera esencia del buen arte militar poner así en juego el poder de las fuerzas morales;—pero la teoría nunca podrá decir con suficiente fuerza ni frecuencia que debe haber un fundamento objetivo para estas suposiciones; sin dicho fundamento, hablar siempre de sorpresas y de la superioridad de modos de ataque nuevos o inusuales, y basar en ello planes, consideraciones y críticas, es actuar sin base alguna, y resulta del todo censurable.
(d) Cuando la naturaleza de nuestro ejército sea especialmente propicia para la ofensiva.
Ciertamente no fue una idea visionaria o falsa cuando Federico el Grande concebió que en su ejército móvil, valiente, lleno de confianza en él, obediente por hábito, adiestrado en la precisión, animado y elevado por el orgullo, y con su perfección en el ataque oblicuo, poseía un instrumento que, en su mano firme y audaz, era mucho más apto para el ataque que para la defensa; todas estas cualidades faltaban en sus oponentes y, por lo tanto, en este respecto tenía la más decidida superioridad; hacer uso de esto le valía más, en la mayoría de los casos, que recurrir a la ayuda de atrincheramientos y obstáculos del terreno.—Pero tal superioridad siempre será rara; un ejército bien entrenado, sumamente ejercitado en grandes movimientos, solo posee una parte de las ventajas anteriores. Si Federico el Grande afirmaba que el ejército prusiano era particularmente apto para el ataque —y esto se ha repetido incesantemente desde su época—, aun así no debemos conceder demasiado peso a tal afirmación; en la mayoría de los casos en la guerra nos sentimos más exultantes, más valientes al actuar a la ofensiva que a la defensiva: pero este es un sentimiento que todas las tropas tienen en común, y difícilmente hay un ejército respecto al cual sus generales y líderes no hayan hecho la misma afirmación (que Federico). Por lo tanto, no debemos confiar demasiado a la ligera en una apariencia de superioridad y, por medio de ello, descuidar ventajas reales.
Una razón muy natural y de peso para recurrir a una batalla ofensiva puede ser la composición del ejército en lo que respecta a las tres armas, por ejemplo, una caballería numerosa y poca artillería.
Continuamos con la enumeración de razones.
(e) Cuando en ninguna parte podemos encontrar una buena posición.
(f) Cuando debemos apresurarnos con la decisión.
(g) Por último, la influencia combinada de varias o de todas estas razones.
- La espera del enemigo en una localidad donde se pretende atacarlo (Minden, 1759) procede naturalmente de—
a, no habiendo tal desproporción de fuerzas en nuestra contra como para hacer necesario buscar una posición fuerte y fortificarla con trincheras.
b, habiéndose hallado una localidad particularmente adaptada para tal fin. Las propiedades que determinan esto pertenecen a la táctica; solo observaremos que estas propiedades consisten principalmente en una aproximación fácil para el defensor desde su lado, y en toda clase de obstáculos en el lado próximo al enemigo.
- Se adoptará una posición con la expresa intención de aguardar allí el ataque del enemigo—
a. Si la desproporción de fuerzas nos obliga a buscar cobertura en obstáculos naturales o detrás de fortificaciones de campaña.
b. Cuando el país ofrece una posición excelente para nuestro propósito.
Los dos modos de defensa, 2 y 3, tendrán más o menos en cuenta según no busquemos la decisión misma, sino que nos contentemos con un resultado negativo, y tengamos razones para pensar que nuestro adversario vacila y está indeciso, y que al final no logrará llevar a cabo sus planes.
- Un campamento atrincherado e inexpugnable solo cumple el objetivo—
a. Si está situado en un punto estratégico sumamente importante.
El carácter de semejante posición consiste en que no se puede ser expulsado de ella; el enemigo se ve por lo tanto obligado a intentar algún otro medio, es decir, a perseguir su objetivo sin tocar este campamento, o a bloquearlo y reducirlo por hambre: si le es imposible hacer esto, entonces las cualidades estratégicas de la posición deben de ser muy grandes.
b. Si tenemos motivos para esperar ayuda del extranjero.
Tal fue el caso del ejército sajón en su posición de Pirna. A pesar de todo lo que se ha dicho en contra de esta medida debido al escaso éxito que tuvo en esta ocasión, es perfectamente seguro que 17.000 sajones jamás habrían podido neutralizar a 40.000 prusianos de ninguna otra manera.
Si los austriacos no pudieron hacer un mejor uso de la superioridad obtenida en Lowositz, eso solo demuestra la deficiencia de todo su método de guerra, así como de toda su organización militar; y no cabe duda de que si los sajones, en lugar de tomar posiciones en el campamento de Pirna, se hubieran retirado a Bohemia, Federico el Grande habría expulsado tanto a los austriacos como a los sajones más allá de Praga y habría tomado dicha plaza en esa misma campaña.
Quien no admita el valor de esta ventaja y limite su consideración a la captura de todo el ejército sajón, demuestra ser incapaz de hacer un cálculo de todas las circunstancias en un caso de este género, y sin cálculo no se puede obtener ninguna deducción certera.
Pero como los casos a y b raras veces ocurren, el campo atrincherado es, por consiguiente, una medida que requiere ser muy bien considerada y que en la práctica resulta muy pocas veces adecuada.
La esperanza de inspirar respeto al enemigo por medio de un campamento de este tipo, reduciéndole así a un estado de completa inactividad, entraña un peligro demasiado grande, a saber, el peligro de verse obligado a combatir sin la posibilidad de retirada.
Si Federico el Grande logró su objetivo de este modo en Bunzelwitz, debemos admirar el acertado juicio que formó de su adversario, pero sin duda debemos también poner más énfasis que de costumbre en los recursos que habría hallado en el último momento para abrirse camino para los restos de su ejército, así como también en la irresponsabilidad de un rey.
- Si hay una o varias fortalezas cerca de la frontera, surge entonces la gran cuestión de si el defensor debe buscar el combate antes o después de ellas. Lo último se recomienda por—
a, por la superioridad numérica del enemigo, que nos obliga a quebrantar su poder antes de llegar a la lucha definitiva.
b, por estar estas fortalezas cerca, de modo que el sacrificio de territorio no sea mayor de lo que nos vemos obligados a hacer.
c, por la aptitud de las fortalezas para la defensa.
Un uso principal de las fortalezas es indudablemente, o debería serlo, romper la fuerza del enemigo en su avance y debilitar considerablemente aquella porción que pretendemos llevar a un combate.
Si vemos tan raras veces que se hace este uso de las fortalezas, ello proviene de que los casos en los que una de las partes opuestas busca una batalla decisiva son muy raros. Pero ese es el único tipo de caso del que tratamos aquí.
Consideramos, por tanto, como un principio tan simple como importante que, en todos los casos en que el defensor tiene una o más fortalezas cerca, debe mantenerlas ante sí y dar la batalla decisiva detrás de ellas.
- Admitimos que una batalla perdida dentro de la línea de nuestras fortalezas nos obligará a retirarnos más hacia el interior del país que una perdida al otro lado, siendo los resultados tácticos en ambos casos los mismos, aunque las causas de la diferencia tengan su origen más en la imaginación que en las cosas reales;
- tampoco olvidamos que se puede dar una batalla más allá de las fortalezas en una posición bien elegida, mientras que dentro de ellas el combate debe ser en la mayoría de los casos de carácter ofensivo, particularmente si el enemigo está sitiando una fortaleza que corre peligro de perderse;
pero ¿qué importan estos sutiles matices de distinción en comparación con la ventaja de que, en la batalla decisiva, nos encontramos con el enemigo debilitado en una cuarta o tercera parte de su fuerza, quizás en una mitad si hay muchas fortalezas?
Pensamos, por lo tanto, que en todos los casos de una decisión inevitable, ya sea buscada por la ofensiva o por la defensiva, y que esta última no esté razonablemente segura de la victoria, o si la naturaleza del país no ofrece alguna razón sumamente decisiva para dar batalla en una posición más adelantada; en todos estos casos, decimos, cuando una fortaleza se encuentra situada cerca y es capaz de ser defendida, el defensor debe sin falta retirarse de inmediato tras ella y dejar que la decisión tenga lugar de este lado, y consecuentemente con su cooperación.
Si toma su posición tan cerca de la fortaleza que el asaltante no pueda poner sitio a la plaza ni bloquearla sin antes desalojarlo, coloca al asaltante en la necesidad de atacarlo a él, al defensor, en su posición.
Para nosotros, por lo tanto, de todas las medidas defensivas en una situación crítica, ninguna parece tan simple y eficaz como la elección de una buena posición cerca y detrás de una fortaleza fuerte.
Al mismo tiempo, la cuestión presentaría un aspecto diferente si la fortaleza estuviera situada muy atrás; pues entonces sería necesario abandonar una parte considerable de nuestro teatro de la guerra, un sacrificio que, como sabemos, no debe hacerse a menos que sea en un caso de gran urgencia. En tal caso, la medida se parecería más a una retirada al interior del país.
Otra condición es la idoneidad del lugar para la defensa. Es bien sabido que hay plazas fortificadas, especialmente las grandes, que no son aptas para entrar en contacto con el ejército de un enemigo, porque no podrían resistir el asalto repentino de una fuerza poderosa. En este caso, nuestra posición debe estar en todo caso tan cerca por detrás que podamos apoyar a la guarnición.
Por último, la retirada hacia el interior del país es solo un recurso natural bajo las siguientes circunstancias:—
a, cuando debido a las relaciones físicas y morales en las que nos encontramos con respecto al enemigo, no puede concebirse la idea de una resistencia exitosa en la frontera o cerca de ella.
b, cuando es un objetivo principal ganar tiempo.
c, cuando hay particularidades en el país que son favorables a la medida, un tema sobre el cual ya hemos tratado en el capítulo veinticinco.
Cerramos así el capítulo sobre la defensa de un teatro de guerra cuando una parte u otra busca una solución decisiva, resultando por tanto inevitable. Pero debe tenerse muy presente que los eventos en la guerra no se manifiestan en una forma tan pura y abstracta, y que, por consiguiente, si nuestras máximas y argumentos han de utilizarse para razonar sobre la guerra real, también debe tenerse a la vista nuestro trigésimo capítulo, y debemos suponer al general, en la mayoría de los casos, situado entre dos tendencias, impulsado más hacia una u otra, según las circunstancias.