Aquellas cosas que como elementos se reúnen en la atmósfera de la Guerra y hacen de ella un medio resistente para toda actividad que hemos designado bajo los términos peligro, esfuerzo corporal (fatiga), información y fricción.
En sus efectos impidientes, por lo tanto, pueden ser comprendidas nuevamente bajo la noción colectiva de una fricción general.
¿Acaso no hay, entonces, ningún tipo de aceite que sea capaz de disminuir esta fricción? Uno solo, y ese uno no siempre está disponible a voluntad del Comandante o de su Ejército. Es la habituación de un Ejército a la Guerra.
El hábito da fuerza al cuerpo en los grandes esfuerzos, a la mente en los grandes peligros, al juicio contra las primeras impresiones. Mediante él se adquiere por lo general una valiosa circunspección en todos los rangos, desde el húsar y el tirador hasta el General de División, lo cual facilita la labor del Comandante en Jefe.
Como el ojo humano en una habitación oscura dilata su pupila, absorbe la poca luz que hay, distingue parcialmente los objetos poco a poco y al fin los conoce muy bien, así ocurre en la guerra con el soldado experimentado, mientras que al novato solo le sale al paso la más absoluta oscuridad.
La habituación a la guerra, ningún general puede dársela a su ejército de golpe, y los campamentos de maniobras (ejercicios de paz) apenas ofrecen un débil sustituto de ella, débil en comparación con la experiencia real en la guerra, pero no débil en relación con otros ejércitos en los que el entrenamiento se limita a meros ejercicios mecánicos de rutina.
Regular de tal modo los ejercicios en tiempo de paz que incluyan algunas de estas causas de fricción, para que el juicio, la circunspección, e incluso la resolución de los distintos líderes puedan ponerse en práctica, tiene mucha mayor importancia de lo que creen aquellos que no conocen el asunto por experiencia.
Es de suma importancia que el soldado, alto o bajo, cualquiera que sea su rango, no tenga que tropezar en la guerra con aquellas cosas que, al ser vistas por primera vez, lo sumen en el asombro y la perplejidad; si tan solo se ha encontrado con ellas una sola vez antes, ya con eso está medio familiarizado con ellas.
Esto se refiere incluso a las fatigas corporales. Deben practicarse menos para acostumbrar el cuerpo a ellas que la mente. En la guerra, el soldado joven es muy dado a considerar las fatigas inusuales como consecuencia de faltas, errores y desconcierto en la conducción del conjunto, y a deprimirse y desanimarse como resultado de ello. Esto no ocurriría si hubiera sido preparado para ello de antemano mediante ejercicios en tiempos de paz.
Otro medio, menos completo pero muy importante también, de habituarse a la guerra en tiempos de paz es invitar al servicio a oficiales de ejércitos extranjeros que hayan tenido experiencia en la guerra.
La paz rara vez reina en toda Europa, y jamás en todos los rincones del mundo. Un Estado que ha estado mucho tiempo en paz debe, por lo tanto, procurar siempre conseguir algunos oficiales que hayan prestado un buen servicio en los diferentes escenarios de la guerra, o enviar allí a algunos de los suyos, para que reciban una lección de guerra.
Por pequeño que parezca el número de oficiales de esta clase en proporción con la masa, su influencia se deja sentir muy sensiblemente.(*k) Su experiencia, la inclinación de su genio, el sello de su carácter influyen en sus subordinados y camarades; y además de eso, si no pueden ser colocados en puestos de mando superior, siempre pueden ser considerados como hombres familiarizados con el país, a quienes se puede consultar en muchas ocasiones especiales.