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Introducción del autor

Que la concepción de lo científico no consiste única o principalmente en el sistema y en sus acabadas construcciones teóricas, no requiere hoy en día exposición alguna.

El sistema en este tratado no se halla en la superficie, y en lugar de un acabado edificio de teoría, solo hay materiales.

La forma científica radica aquí en el esfuerzo por explorar la naturaleza de los fenómenos militares para mostrar su afinidad con la naturaleza de las cosas de las que se componen.

En ninguna parte se ha evitado la argumentación filosófica, pero donde esta se reduce a un hilo demasiado delgado, el Autor ha preferido cortarla y recurrir a los resultados correspondientes de la experiencia; pues del mismo modo que muchas plantas solo dan fruto cuando no crecen demasiado altas, en las artes prácticas las hojas y flores teóricas no deben dejarse brotar demasiado, sino mantenerse cerca de la experiencia, que es su suelo propio.

Indudablemente sería un error intentar descubrir a partir de los ingredientes químicos de un grano de maíz la forma de la mazorca de maíz que produce, ya que no tenemos más que ir al campo para ver las mazorcas maduras. La investigación y la observación, la filosofía y la experiencia, no deben desprenderse ni excluirse mutuamente; se otorgan recíprocamente los derechos de ciudadanía.

En consecuencia, las proposiciones de este libro, con su arco de necesidad intrínseca, se apoyan ya sea en la experiencia o en la concepción de la Guerra misma como puntos externos, de modo que no carecen de estribos.(*)

Es, tal vez, no imposible escribir una teoría sistemática de la guerra llena de espíritu y sustancia, pero las nuestras, hasta ahora, han sido muy al contrario. Por no hablar de su espíritu no científico, en su afán por lograr la coherencia y la exhaustividad del sistema, desbordan lugares comunes, perogrulladas y tonterías de toda clase. Si queremos una estampa llamativa de ellas, no tenemos más que leer el extracto de Lichtenberg sobre un reglamento en caso de incendio.

Si una casa se incendia, debemos procurar, ante todo, proteger el lado derecho de la casa situada a la izquierda y, por otra parte, el lado izquierdo de la casa situada a la derecha; pues si nosotros, por ejemplo, protegiéramos el lado izquierdo de la casa de la izquierda, entonces el lado derecho de la casa se encuentra a la derecha de la izquierda y, en consecuencia, como el fuego se encuentra a la derecha de este lado y del lado derecho (pues hemos supuesto que la casa está situada a la izquierda del fuego), por tanto, el lado derecho está situado más cerca del fuego que el izquierdo, y el lado derecho de la casa podría incendiarse si no se le protegiera antes de llegar al izquierdo, que está protegido.

En consecuencia, algo podría quemarse sin estar protegido, y eso antes de que otra cosa se quemara, aun si no estuviera protegida; por consiguiente, debemos dejar en paz a esta última y proteger a la primera.

Para grabarse la cosa en la memoria, no tenemos más que notar que si la casa está situada a la derecha del fuego, entonces es el lado izquierdo, y si la casa está a la izquierda, es el lado derecho.

Para no asustar al lector inteligente con tales lugares comunes, y hacer que el poco bien que hay resulte desagradable echándole agua encima, el Autor ha preferido dar en pequeños lingotes de metal fino sus impresiones y convicciones, fruto de muchos años de reflexión sobre la guerra, de su trato con hombres capaces y de una dilatada experiencia personal.

Han surgido así los capítulos de este libro, aparentemente unidos con debilidad, pero se confía en que no carezcan de conexión lógica. Tal vez pronto aparezca una cabeza más preclara y, en lugar de estos granos sueltos, dé el todo en una fundición de metal puro y sin escoria.

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