Los alemanes interpretan sus nuevos colores nacionales —negro, rojo y blanco— con el refrán: «Durch Nacht und Blut zur licht» («A través de la noche y de la sangre hacia la luz»), y ninguna obra escrita hasta ahora transmite al pensador una concepción más clara de todo lo que representa la franja roja en su bandera que este profundo y filosófico análisis de la «Guerra» escrito por Clausewitz.
Revela la «Guerra», despojada de todo accesorio, como el ejercicio de la fuerza para la consecución de un objetivo político, sin más restricciones que las de la conveniencia, y ofrece así la clave para la interpretación de los fines políticos alemanes, pasados, presentes y futuros, lo cual es incondicionalmente necesario para todo estudioso de las condiciones modernas de Europa.
Paso a paso, cada acontecimiento desde Waterloo se sucede con lógica consecuencia de las enseñanzas de Napoleón, formuladas por primera vez, unos veinte años después, por este notable pensador.
Lo que Darwin logró para la Biología en general, Clausewitz lo hizo para la historia vital de las naciones casi medio siglo antes que él, pues ambos demostraron la existencia de la misma ley en cada caso, a saber: «La supervivencia del más apto» —el «más apto», como Huxley señaló hace mucho tiempo, no siendo necesariamente sinónimo del «mejor» en el plano ético—.
Ninguno de estos pensadores se preocupó por la ética de la lucha que cada uno estudió de manera tan exhaustiva, sino que a ambos la fase o condición se les presentó ni como moral ni como inmoral, del mismo modo que no lo son la hambruna, la enfermedad u otros fenómenos naturales, sino como emanada de una fuerza inherente a todos los organismos vivos que solo puede dominarse comprendiendo su naturaleza. Es con ese espíritu que, una tras otra, todas las naciones del continente, aleccionadas por lecciones tan drásticas como Königgrätz y Sedán, han aceptado la lección, con el resultado de que hoy Europa es un campamento armado, y la paz se mantiene mediante el equilibrio de fuerzas, y continuará exactamente mientras exista este equilibrio, y ni un segundo más.
Si este estado de equilibrio es en sí mismo algo bueno o deseable puede ser motivo de debate. Lo he tratado extensamente en mi obra La guerra y la vida del mundo (War and the World’s Life); pero me atrevo a sugerir que, para nadie, una renovación de la era bélica representaría un cambio a mejor, al menos en lo que respecta a la humanidad actual.
Sin embargo, entretanto, con cada año que transcurre, las fuerzas que actualmente se encuentran en equilibrio cambian de magnitud: la presión de las poblaciones que deben ser alimentadas va en aumento, y una explosión a lo largo de la línea de menor resistencia es, tarde o temprano, inevitable.
A juzgar por las enseñanzas de la reciente Conferencia de La Haya, ningún Gobierno responsable en el Continente está ansioso por constituir por sí mismo esa línea de menor resistencia; ellos saben muy bien lo que significaría la guerra; y nosotros solos, absolutamente inconscientes de la tendencia del pensamiento dominante en Europa, estamos derribando el dique que en cualquier momento puede hacer que se nos venga encima el torrente de la invasión.
Ahora bien, ningún hombre responsable en Europa, quizás el que menos en Alemania, nos agradece esta destrucción voluntaria de nuestras defensas, pues todos los que tienen alguna importancia preferirían con mucho terminar sus días en paz antes que incurrir en la carga de la responsabilidad que la Guerra acarrearía.
Pero se dan cuenta de que la difusión gradual de los principios enseñados por Clausewitz ha creado una condición de tensión molecular en las mentes de las Naciones que gobiernan análoga a la «temperatura crítica del agua calentada por encima del punto de ebullición bajo presión», la cual puede provocar en cualquier momento una explosión que serán impotentes para controlar.
El caso es idéntico al de una caldera de vapor ordinaria, que suministra tantos y cuantos libras de vapor a sus máquinas mientras la envolvente pueda contener la presión; pero que surja una brecha en su continuidad —liberando al agua hirviendo de toda restricción— y en un instante toda la masa se convierte en vapor en un abrir y cerrar de ojos, desarrollando una potencia a la que ninguna obra del hombre puede oponerse.
Nadie puede prever las consecuencias últimas de la derrota. La única manera de evitarlas es asegurar la victoria; y, siguiendo de nuevo los principios de Clausewitz, la victoria solo puede garantizarse mediante la creación en tiempos de paz de una organización que lleve a cada hombre, caballo y cañón (o buque y cañón, si la guerra es en el mar) disponibles, en el menor tiempo posible y con el máximo impulso posible, al campo de acción decisivo; lo que a su vez conduce a la doctrina final formulada por Von der Goltz como excusa por la acción del difunto presidente Kruger en 1899:
“El estadista que, sabiendo que su instrumento está listo, y viendo que la guerra es inevitable, duda en dar el primer golpe es culpable de un crimen contra su país.”
Se debe a que esta secuencia de causa y efecto es absolutamente desconocida para nuestros diputados, elegidos por representación popular, que todos nuestros esfuerzos por garantizar una paz duradera mediante la consecución de eficacia con economía en nuestra Defensa Nacional han quedado anulados.
Esta estimación de la influencia de los sentimientos de Clausewitz en el pensamiento contemporáneo de la Europa continental puede parecer exagerada a quienes no se hayan familiarizado con la exposición del Sr. Gustav de Bon sobre las leyes que rigen la formación y conducta de las masas. No deseo que se entienda ni por un minuto que afirmo que Clausewitz ha sido conscientemente estudiado y comprendido en ningún ejército, ni siquiera en el prusiano, pero su obra ha sido el cimiento último sobre el que se ha levantado cada reglamento de maniobras en Europa, excepto el nuestro. Es esta incesante repetición de sus ideas fundamentales, a la que ha estado sometida la mitad de la población masculina de cada nación continental durante dos o tres años de sus vidas, la que ha afinado sus mentes para vibrar en armonía con sus preceptos; y aquellos que conocen y valoran este hecho en su justa medida solo tienen que tocar los acordes necesarios para evocar una respuesta suficiente como para avasallar cualquier otra concepción ética a la que puedan apelar quienes no hayan organizado sus fuerzas de antemano.
El reciente revés experimentado por los socialistas en Alemania es una ilustración de mi postura. Los líderes socialistas de ese país están muy por detrás de los gobernantes responsables en su conocimiento sobre el manejo de las masas.
Estos últimos habían tomado disposiciones mucho antes (en 1893, de hecho) para impedir la propagación de la propaganda socialista más allá de ciertos límites útiles. Mientras los socialistas solo amenazaban al capital, no se interfería seriamente con ellos, pues el Gobierno sabía muy bien que el dominio indiscutible del empleador no convenía al bien final del Estado.
El nivel de bienestar no debe fijarse demasiado bajo si se quiere que los hombres estén dispuestos a morir por su país.
Pero en el momento en que los socialistas comenzaron a interferir seriamente con la disciplina del ejército, se dio la orden y los socialistas sufrieron grandes pérdidas en las urnas.
Si este poder de reacción predeterminada ante ideas adquiridas puede evocarse con éxito en un asunto de exclusivo interés interno, en el cual el «interés evidente» de la gran mayoría de la población está tan claramente del lado del socialista, resulta evidente cuán enormemente mayor demostrará ser cuando se ponga en marcha contra un enemigo externo, donde el «interés evidente» del pueblo está, por la propia naturaleza de las cosas, tan manifiestamente del lado del Gobierno; y el estadista que omitiera tener en cuenta la fuerza de la «onda de pensamiento resultante» de una multitud de unos siete millones de hombres, todos entrenados para responder a la llamada de su gobernante, sería culpable de una traición tan grave como aquel que fallara en dar el golpe cuando sabía que el ejército estaba listo para la acción inmediata.
Como ya se ha señalado, a la difusión de las ideas de Clausewitz se debe el estado actual de preparación más o menos inmediata para la guerra de todos los ejércitos europeos, y dado que la organización de estas fuerzas es uniforme, este «más o menos» de preparación existe en proporción exacta al sentido del deber que anima a los distintos ejércitos.
Donde el espíritu de deber y abnegación es bajo, las tropas están in preparadas e ineficaces; donde, como en Prusia, estas cualidades, mediante el entrenamiento de todo un siglo, se han vuelto instintivas, las tropas están verdaderamente preparadas hasta el último botón y podrían ser lanzadas sobre cualquiera de sus vecinos con tanta rapidez que el primer choque bastará para asegurar el éxito final; un éxito que de ningún modo es seguro si al enemigo, sea quien fuere, se le concede un respiro para poner su casa en orden.
Un ejemplo aclarará esto.
En 1887, Alemania estuvo al borde mismo de la guerra con Francia y Rusia. En aquel momento, su superior eficacia, consecuencia de este sentido innato del deber —sin duda una de las más altas cualidades de la humanidad—, era tan grande que resulta más que probable que menos de seis semanas habrían bastado para poner a los franceses de rodillas.
En efecto, tras las primeras dos semanas habría sido posible empezar a trasladar tropas del Rin al Niemen; y el mismo caso puede volver a presentarse. Pero si a Francia y a Rusia se les hubiera dado siquiera diez días de aviso, el plan alemán habría quedado completamente frustrado. Francia por sí sola podría haber reclamado entonces todos los esfuerzos que Alemania fuera capaz de desplegar para derrotarla.
Sin embargo, hay políticos en Inglaterra tan groseramente ignorantes de la lectura alemana de las lecciones napoleónicas que esperan que esa nación sacrifique la enorme ventaja que ha preparado mediante todo un siglo de abnegación y patriotismo práctico apelando a un Tribunal de Arbitraje, y a los ulteriores retrasos que deben surgir al pasar por las formalidades medievales de llamar a los embajadores e intercambiar ultimátums.
La mayoría de nuestros políticos actuales han ganado su dinero en los negocios —una «forma de competencia humana que se parece mucho a la Guerra», para parafrasear a Clausewitz.
¿Acaso ellos, en plena efervescencia de dicha competencia, enviaron un aviso formal a sus rivales sobre sus planes de superarlos en el comercio?
¿Acaso el señor Carnegie, el archisacerdote de la Paz a cualquier precio, cuando edificó el Trust del Acero, notificó a sus competidores cuándo y cómo se proponía asestar los golpes que le convirtieron sucesivamente en dueño de millones?
¿Acaso los Directores de una Gran Nación pueden considerar que los intereses de sus accionistas —es decir, el pueblo al que gobiernan— son lo suficientemente graves como para no verse en peligro por el sacrificio deliberado de la posición predominante de preparación que generaciones de abnegación, patriotismo y sabia previsión les han ganado?
Por lo que respecta al aspecto estrictamente militar de esta obra, aunque las recientes investigaciones del Estado Mayor francés en los archivos y documentos del periodo napoleónico han demostrado de manera concluyente que Clausewitz nunca llegó a comprender el punto esencial del método estratégico del Gran Emperador, se admite, sin embargo, que supo penetrar por completo en el espíritu que dio vida a la forma; y a pesar de las variaciones en la aplicación que han resultado del progreso de la invención en todos los ámbitos de la actividad nacional (no solo en las mejoras técnicas del armamento), este espíritu sigue siendo el factor esencial en todo el asunto.
De hecho, si acaso, los aparatos modernos han intensificado su importancia, pues aunque, con armamentos iguales en ambos bandos, la forma de las batallas deba ser siempre la misma, la facilidad y la certeza de combinación que los mejores métodos de comunicación de órdenes e información han conferido a los comandantes han hecho que el control de las grandes masas sea immeasurably más seguro que en el pasado.
Los hombres se matan a mayores distancias, es cierto, pero matar es un factor constante en todas las batallas.
La diferencia entre el «entonces y el ahora» radica en que, gracias al enorme aumento del alcance (el rasgo esencial del armamento moderno), es posible concentrar por sorpresa, en cualquier punto elegido, una potencia homicida plenamente veinte veces mayor de lo que era concebible en los días de Waterloo; y mientras que en la época de Napoleón esta concentración de potencia homicida (que en sus manos tomaba la forma del gran ataque de metralla) dependía casi por completo de la forma y el estado del terreno, que podían ser favorables o no, hoy en día dicha concentración de potencia de fuego es casi independiente del país por completo.
Así, en Waterloo, Napoleón se vio obligado a esperar hasta que el suelo estuviera lo suficientemente firme para que sus cañones pudieran avanzar a galope; hoy en día, cada cañón a su disposición, y cinco veces ese número de haberlos tenido, habría podido abrir fuego contra cualquier punto de la posición británica que hubiera elegido, tan pronto como hubo suficiente luz para ver.
O bien, para tomar un ejemplo más moderno, a saber, la batalla de St. Privat-Gravelotte, el 18 de agosto de 1870, en la que los alemanes pudieron concentrar en ambas alas baterías de doscientos cañones en adelante, habría sido prácticamente imposible, debido a la sección de las pendientes de la posición francesa, llevar a cabo en absoluto el ataque anticuado con metralla.
Hoy en día no habría dificultad en desatar el fuego de dos mil cañones sobre cualquier punto de la posición, y desviar este fuego a lo largo de la línea como el agua de la manguera de un camión de bomberos, si la ocasión exigiera tal concentración.
Pero estas alteraciones en el método no modifican en nada la verdad del cuadro de la Guerra que presenta Clausewitz, con el cual todo soldado, y sobre todo todo Comandante, debería estar imbuido.
La muerte, las heridas, el sufrimiento y la privación siguen siendo los mismos, cualesquiera que sean las armas empleadas, y su reacción sobre la naturaleza última del hombre es la misma ahora que en la lucha de hace un siglo. Es esta reacción la que el Gran Comandante debe comprender y prepararse para controlar; y la tarea se vuelve cada vez mayor a medida que, afortunadamente para la humanidad, las oportunidades de adquirir experiencia se hacen más escasas.
Al fin y al cabo, y con cada avance de la ciencia, el resultado depende cada vez más del carácter del Líder y de su capacidad para resistir «las impresiones sensoriales del campo de batalla».
Por último, para aquellos que deseen prepararse de antemano para semejante responsabilidad, no conozco consejo más inspirador que el que Krishna dio a Arjuna hace ya muchos siglos, cuando este último temblaba ante la terrible responsabilidad de lanzar a su ejército contra las huestes de los Pándavas:
Esta Vida dentro de todos los seres vivos, mi Príncipe,
Se oculta más allá del daño. Desprecia, pues, sufrir
Por aquello que no puede sufrir. ¡Cumple con tu deber!
Ten presente tu nombre y no tiembles.
Nada mejor puede sobrevenirle a un alma guerrera
Que una guerra justa. Dichoso el guerrero
A quien llega la alegría de la batalla...
. . . Mas si rehúsa
Este campo honorable —siendo un kshatriya—,
Si, conociendo tu deber y tu tarea, dejas
Que el deber y la tarea se pasen —¡eso será un pecado!
Y los que vendrán hablarán de tu infamia
De edad en edad. ¡Pero la infamia es peor
Para los hombres de sangre noble que soportar la muerte!
. . . . . .
Por tanto, ¡levántate, oh Hijo de Kunti! Fortalece
Tu brazo para el conflicto; templa tu corazón para afrontar,
Como cosas iguales para ti, el placer o el dolor,
La ganancia o la ruina, la victoria o la derrota.
Con tal mentalidad, prepárate para la lucha, porque así
¡No incurrirás en pecado!
COL. F. N. MAUDE, C.B., late R.E.