Hemos hablado ya del objeto de las fortalezas; veamos ahora su situación.
Al principio el tema parece muy complicado, si pensamos en la diversidad de objetos, cada uno de los cuales puede a su vez verse modificado por la localidad; pero tal punto de vista tiene muy poco fundamento si nos atenemos a la esencia de las cosas y nos guardamos de sutilezas innecesarias.
Es evidente que todas estas exigencias quedan satisfechas de inmediato si, en aquellos distritos del país que deban considerarse como teatro de la guerra, todas las ciudades más grandes y ricas situadas en las grandes carreteras que comunican ambos países entre sí son fortificadas, más particularmente aquellas adyacentes a puertos y bahías del mar, o emplazadas sobre grandes ríos y en zonas montañosas.
Las grandes ciudades y las grandes carreteras van siempre de la mano, y ambas tienen asimismo una conexión natural con los grandes ríos y las costas del mar; por consiguiente, estas cuatro condiciones concuerdan muy bien entre sí y no dan lugar a ninguna incongruencia; por otra parte, no ocurre lo mismo con las montañas, pues en ellas rara vez se encuentran grandes ciudades.
Si, por lo tanto, la posición y la dirección de una cadena montañosa la hacen favorable para una línea defensiva, es necesario cerrar sus caminos y desfiladeros mediante pequeños fuertes, construidos con este único propósito y al menor costo posible, reservando el gran gasto en obras de fortificación para las plazas de armas importantes en el país llano.
Aún no hemos reparado en las fronteras del estado, ni hemos dicho nada acerca de la forma geométrica de todo el sistema de fortalezas, ni de los otros puntos geográficos en relación con su situación, porque consideramos que los objetos antes mencionados son los más esenciales y somos de la opinión de que en muchos casos ellos solos son suficientes, en particular en los estados pequeños. Pero, al mismo tiempo, se pueden admitir otras consideraciones, y pueden ser imperativas en países de mayor extensión superficial, que o bien tienen una gran cantidad de ciudades y caminos importantes, o bien, por el contrario, carecen casi por completo de ellos, que son muy ricos y, aun poseyendo ya muchas fortalezas, todavía necesitan otras nuevas, o aquellos que, por otra parte, son muy pobres y se ven en la necesidad de hacer que unas pocas basten; en suma, en aquellos casos en que el número de fortalezas no se corresponde con el número de ciudades y caminos importantes que se presentan, siendo considerablemente mayor o menor.
Echaremos ahora una ojeada a la naturaleza de esas otras consideraciones.
Las principales preguntas que quedan se relacionan con
- La elección de las carreteras principales, si los dos países están conectados por más carreteras de las que deseamos fortificar.
- Si las fortalezas deben situarse únicamente en la frontera, o repartirse por el país. O,
- Si deben distribuirse uniformemente, o en grupos.
- Circunstancias relativas a la geografía del país a las que es necesario prestar atención.
Varios otros puntos respecto a la forma geométrica de la línea de fortificaciones, tales como si deben colocarse en una sola línea o en varias, es decir, si prestan mejor servicio colocados unos detrás de otros, o uno al lado del otro en línea entre sí; si deben estar en disposición ajedrezada o en línea recta; o si deben adoptar la forma de una fortificación en sí, con ángulos salientes y entrantes: todo esto lo consideramos sutilezas vanas, es decir, consideraciones tan insignificantes que, comparadas con los puntos verdaderamente importantes, no merecen atención; y solo los mencionamos aquí porque no solo se tratan en muchos libros, sino que además se le da a toda esta basura mucha más importancia de la que tiene.
En cuanto a la primera cuestión, para presentarla con mayor claridad, nos limitaremos a citar la relación del sur de Alemania con Francia, es decir, con el alto Rin.
Si, sin tener en cuenta el número de estados separados que componen esta región del país, la consideramos un todo que debe fortificarse estratégicamente, surgirán muchas dudas, pues un gran número de caminos muy buenos conducen desde el Rin hacia el interior de Franconia, Baviera y Austria.
Ciertamente, no faltan ciudades que superan a otras en tamaño e importancia, como Núremberg, Wurzburgo, Ulm, Augsburgo y Múnich; pero si no estamos dispuestos a fortificarlas todas, no hay más alternativa que hacer una selección.
Si, además, de acuerdo con nuestro criterio, la fortificación de las mayores y más ricas se considera lo principal, aun así no se puede negar que, debido a la distancia entre Núremberg y Múnich, la primera tiene una significación estratégica muy diferente de la segunda; y por lo tanto siempre queda por considerar si no sería mejor, en lugar de Núremberg, fortificar algún otro lugar en las inmediaciones de Múnich, incluso si dicho lugar es de menor importancia en sí mismo.
En lo que atañe a la decisión en tales casos, es decir, a la respuesta a la primera cuestión, debemos remitirnos a lo dicho en los capítulos sobre el plan general de defensa y sobre la elección de los puntos de ataque.
Dondequiera que se halle el punto de ataque más natural, allí deben hacerse preferentemente los preparativos defensivos.
Por tanto, entre los múltiples caminos importantes que conducen desde el país enemigo hasta el nuestro, debemos fortificar en primer lugar aquel que lleva de forma más directa al corazón de nuestros dominios, o el que, atravesando provincias fértiles o discurriendo paralelo a ríos navegables, facilita la empresa del enemigo, y entonces podremos estar tranquilos.
El atacante se topa entonces con estas obras o, si decide pasarlas de largo, ofrecerá naturalmente una oportunidad favorable para emprender operaciones contra su flanco.
Viena es el corazón del sur de Alemania, y claramente Múnich o Augsburgo, en relación únicamente con Francia (suponiendo por tanto que Suiza e Italia son neutrales), serían más eficaces como fortaleza principal que Núremberg o Wurzburgo.
Pero si, al mismo tiempo, observamos los caminos que conducen desde Italia hasta Alemania a través de Suiza y el Tirol, esto se hará todavía más evidente, porque, en relación con estos, Múnich y Augsburgo serán siempre lugares de importancia, mientras que Wurzburgo y Núremberg vienen a ser lo mismo, en este aspecto, que si no existieran.
Pasamos ahora a la segunda pregunta: ¿Deben situarse las fortalezas en la frontera, o distribuirse por el país? En primer lugar, debemos observar que, en lo que respecta a los estados pequeños, esta pregunta es superflua, pues lo que se llama fronteras estratégicas coincide, en su caso, casi con todo el país. Cuanto mayor se supone que es el estado para la consideración de esta cuestión, más evidente resulta la necesidad de que sea respondida.
La respuesta más natural es que las fortalezas pertenecen a las fronteras, ya que deben defender al Estado, y el Estado se defiende en la medida en que se defienden las fronteras. Este argumento puede ser válido en abstracto, pero las siguientes consideraciones mostrarán que está sujeto a muy numerosas modificaciones.
Toda defensa que se calcula principalmente sobre la asistencia extranjera concede gran valor a ganar tiempo; no es un contragolpe vigoroso, sino un procedimiento lento, en el cual la ganancia principal consiste más en la demora que en cualquier debilitamiento del enemigo que se logre.
Pero ahora está en la naturaleza de las cosas que, suponiendo todas las demás circunstancias iguales, las fortalezas que se extienden por todo el país y encierran entre ellas una extensión de territorio muy considerable tardarán más en ser capturadas que aquellas apretadas en una línea cerrada en la frontera.
Además, en todos los casos en que el objetivo es vencer al enemigo mediante la longitud de sus líneas de comunicación, y por tanto la dificultad de su subsistencia en países que pueden contar principalmente con este tipo de reacción, sería una completa contradicción tener los preparativos defensivos de este tipo únicamente en la frontera.
Por último, recordemos también que, si las circunstancias lo permiten de algún modo, la fortificación de la capital es un punto principal; que según nuestros principios las principales ciudades y plazas de comercio de las provincias lo exigen igualmente; que los ríos que atraviesan el país, las montañas y otros accidentes irregulares del terreno ofrecen ventajas para nuevas líneas de defensa; que muchas ciudades, por su fuerte situación natural, invitan a la fortificación; además, que ciertos accesorios de la guerra, como las fábricas de armas, etc., están mejor situados en el interior del país que en la frontera, y su valor justifica sobradamente la protección de obras de fortificación; entonces vemos que siempre hay más o menos ocasión para la construcción de fortalezas en el interior de un país; por esta razón somos de la opinión de que, aunque los estados que poseen un gran número de fortalezas hacen bien en colocar la mayor parte en la frontera, aun así sería un gran error si el interior del país fuera dejado enteramente desprovisto de ellas.
Creemos que este error se ha cometido en un grado notable en Francia. Pueden surgir con razón grandes dudas si las provincias fronterizas de un país no contienen ciudades considerables, estando tales ciudades situadas más hacia el interior, como es el caso en el sur de Alemania en particular, donde Suabia carece casi por completo de grandes ciudades, mientras que Baviera contiene un gran número.
No consideramos necesario disipar estas dudas de una vez por todas sobre bases generales, creyendo que en tales casos, para llegar a una solución, deben tenerse en cuenta razones derivadas de la situación particular. Aun así, debemos llamar la atención sobre las observaciones finales de este capítulo.
La tercera cuestión
Si las fortalezas deben disponerse en grupos o distribuirse con mayor equidad,
si reflexionamos sobre ella, rara vez se planteará; sin embargo, no debemos por esa razón descartarla como una sutileza inútil, porque sin duda un grupo de dos, tres o cuatro fortalezas, que se encuentran a solo unas pocas marchas de un centro común, otorgan a ese punto y al ejército situado allí tal fuerza que, si otras condiciones lo permitieran, en cierta medida uno se sentiría muy tentado a formar semejante bastión estratégico.
El último punto se refiere a las demás propiedades geográficas de los puntos que han de elegirse. Ya se ha dicho que el hecho de que las fortalezas situadas en el mar, en arroyos y grandes ríos, y en montañas, sean doblemente eficaces es una de las consideraciones principales; pero hay una serie de otros puntos en relación con las fortalezas a los que se debe prestar atención.
Si una fortaleza no puede situarse sobre el propio río, es mejor no colocarla cerca, sino a una distancia de diez o doce millas de este; de lo contrario, el río interseca y disminuye el valor de la esfera de acción de la fortaleza en todos los puntos antes mencionados.(*)
Esto no es lo mismo en las montañas, porque allí el movimiento de masas grandes o pequeñas sobre puntos particulares no está restringido en el mismo grado en que lo está por un río.
Pero las fortalezas en el lado de la montaña perteneciente al enemigo no están bien situadas, porque es difícil socorrerlas. Si están de nuestro lado, la dificultad para ponerles sitio es muy grande, ya que las montañas cortan la línea de comunicaciones del enemigo.
Damos a Olmütz, 1758, como ejemplo.
Es fácil ver que los bosques impenetrables y los pantanos tienen un efecto similar al de los ríos.
A menudo se ha planteado la cuestión de si las ciudades situadas en un país muy accidentado son aptas o no para plazas fuertes.
Como pueden fortificarse y defenderse con poco gasto, o hacerse mucho más fuertes, a menudo inexpugnables, por un desembolso igual, y los servicios de una fortaleza son siempre más pasivos que activos, no parece necesario dar mucha importancia a la objeción de que pueden ser bloqueadas con facilidad.
Si ahora, en conclusión, echamos una mirada retrospectiva sobre nuestro sencillo sistema de fortificación para un país, podemos afirmar que se apoya en datos abarcadores, de naturaleza duradera y directamente conectados con los cimientos mismos del estado, no en puntos de vista pasajeros sobre la guerra, de moda por un día; no en sutilezas estratégicas imaginarias, ni en requerimientos de carácter completamente singular, un error que podría acarrear consecuencias irreparables de permitírsele influir en la construcción de fortalezas destinadas a durar quinientos, tal vez mil, años.
Silberberg, en Silesia, construido por Federico el Grande en una de las crestas de los Sudetes, ha perdido casi por completo su importancia y su propósito debido a la alteración completa de las circunstancias ocurrida desde entonces, mientras que Breslau, de haberse convertido en una plaza de armas fuerte y haberlo seguido siendo, habría conservado siempre su valor tanto frente a los franceses como frente a los rusos, polacos y austríacos.
Nuestro lector no pasará por alto el hecho de que estas consideraciones no se plantean sobre el caso supuestamente de que un Estado se provea de un conjunto de nuevas fortificaciones; serían inútiles si tal fuera su objeto, ya que un caso así rara vez, o nunca, se presenta; sino que todas ellas pueden surgir al proyectar cada fortificación individual.