Ninguna batalla puede tener lugar a menos que sea por consentimiento mutuo; y en esta idea, que constituye toda la base de un duelo, se encuentra la raíz de cierta fraseología empleada por los escritores históricos, la cual conduce a muchos conceptos imprecisos y falsos.
Según la opinión de los escritores a quienes nos referimos, ha sucedido con frecuencia que un Comandante ha ofrecido batalla al otro, y este último no la ha aceptado.
Pero el combate es un duelo muy modificado, y su fundamento no radica meramente en el deseo mutuo de luchar, es decir, en el consentimiento, sino en los objetivos vinculados al combate: estos pertenecen siempre a un todo mayor, y tanto más cuanto que incluso toda la guerra considerada como una «unidad de combate» posee objetivos y condiciones políticas que pertenecen a un punto de vista superior.
El mero deseo de vencerse mutuamente pasa a ocupar, por tanto, una posición muy subordinada, o más bien deja por completo de ser algo por sí mismo y se convierte únicamente en el nervio que transmite el impulso de la acción desde la voluntad superior.
Entre los antiguos, y más tarde también durante el primer periodo de los ejércitos permanentes, la expresión de que le habíamos ofrecido batalla al enemigo en vano tenía más sentido que el que tiene ahora.
Entre los antiguos todo se organizaba con vistas a medir las fuerzas mutuas en campo abierto, libres de cualquier cosa que pudiera considerarse un obstáculo,(*) y todo el Arte de la Guerra consistía en la organización y formación del ejército, es decir, en el orden de batalla.
Ahora bien, como sus ejércitos se atrincheraban regularmente en sus campamentos, la posición en un campamento era considerada, por tanto, como algo inexpugnable, y una batalla no llegaba a ser posible hasta que el enemigo abandonaba su campamento y se situaba en un terreno practicable, como si entrase en la liza.
Si, por lo tanto, oímos hablar de que Aníbal ofreció batalla a Fabio en vano, eso no nos dice nada más respecto a este último que el hecho de que una batalla no formaba parte de su plan, y en sí mismo no prueba ni la superioridad física ni moral de Aníbal; pero con respecto a él, la expresión sigue siendo lo suficientemente correcta en el sentido de que Aníbal realmente deseaba una batalla.
En los primeros tiempos de los ejércitos modernos, las relaciones eran similares en los grandes combates y batallas. Es decir, grandes masas eran llevadas a la acción y manejadas a lo largo de ella mediante un orden de batalla que, como un gran todo desvalido, requería un terreno más o menos llano y no era apto ni para el ataque ni para la defensa en un país accidentado, cerrado o incluso montañoso. Por consiguiente, el defensor disponía también aquí hasta cierto punto de los medios para evitar la batalla.
Estas relaciones, aunque se fueron modificando gradualmente, continuaron hasta la primera guerra de Silesia, y no fue sino hasta la guerra de los Siete Años que los ataques a un enemigo apostado en un terreno difícil se volvieron factibles de manera gradual y de ocurrencia ordinaria: el terreno ciertamente no dejó de ser un principio de fuerza para quienes se valían de su ayuda, pero ya no era un círculo mágico que excluyera las fuerzas naturales de la guerra.
Durante los últimos treinta años, la guerra se ha perfeccionado mucho más en este aspecto, y ya no hay nada que se oponga a un general que anhele sinceramente una decisión por medio del combate; puede buscar a su enemigo y atacarlo: si no lo hace, no puede atribuirse el mérito de haber querido luchar, y la expresión «ofreció una batalla que su adversario no aceptó» ya no significa otra cosa que el hecho de que no encontró las circunstancias lo suficientemente ventajosas para una batalla, una admisión a la que la citada expresión no se adapta, sino que solo se esfuerza por encubrir.
Es verdad que el bando defensor ya no puede rehusar un combate, pero aún puede evitarlo cediendo su posición y el rol con el que esa posición estaba relacionada: esto es, sin embargo, media victoria para el bando ofensivo y el reconocimiento de su superioridad por el momento.
Esta idea, en relación con el cartel de desafío, ya no puede utilizarse, por lo tanto, para calificar mediante tal fanfarronería la inacción de aquel a quien le corresponde avanzar, es decir, la ofensiva.
El defensor, que mientras no ceda terreno debe tener el mérito de querer la batalla, ciertamente puede decir que la ha ofrecido si no es atacado, si eso no se entiende por sí mismo.
Pero, por otra parte, aquel que ahora quiere y puede retirarse no puede ser fácilmente obligado a presentar combate.
Como ahora las ventajas que el agresor obtiene de esta retirada no suelen ser suficientes, y una victoria sustancial es para él una cuestión de urgente necesidad, de ese modo los escasos medios que existen para obligar a semejante oponente a presentar también batalla se buscan y aplican a menudo con especial habilidad.
Los medios principales para ello son: primero, rodear al enemigo de modo que su retirada sea imposible, o al menos tan difícil que le convenga más aceptar el combate; y segundo, sorprenderlo. Este último método, que antes tenía una razón de ser debido a la extrema dificultad de todos los movimientos, se ha vuelto en los tiempos modernos muy ineficaz.
Dada la flexibilidad y la capacidad de maniobra de las tropas en la actualidad, uno no duda en iniciar una retirada aun a la vista del enemigo, y solo algunos obstáculos especiales en la naturaleza del terreno pueden causar dificultades graves en la operación.
Como ejemplo de este tipo puede citarse la batalla de Neresheim, librada por el archiduque Carlos contra Moreau en el Rauhe Alp, el 11 de agosto de 1796, meramente con el propósito de facilitar su retirada, aunque confesamos abiertamente que nunca hemos llegado a comprender del todo el razonamiento del propio y reputado general y autor en este caso.
La batalla de Rosbach(*) es otro ejemplo, si suponemos que el comandante del ejército aliado no tenía realmente la intención de atacar a Federico el Grande.
De la batalla de Soor,(*) el propio Rey dice que solo se libró porque una retirada en presencia del enemigo le parecía una operación crítica; al mismo tiempo, el Rey también ha dado otras razones para la batalla.
En general, exceptuando las sorpresas nocturnas habituales, tales casos serán siempre de rara ocurrencia, y aquellos en los que un enemigo se ve obligado a combatir por encontrarse prácticamente rodeado, ocurrirán principalmente solo a cuerpos aislados, como el de Mortier en Dürrenstein en 1809, y el de Vandamme en Kulm, en 1813.