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CAPÍTULO VI. Disposición general de un ejército

Entre el momento de la primera concentración de las fuerzas militares y el de la solución llegada a la madurez —cuando la estrategia ha conducido al ejército al punto decisivo, y cada parte en particular ha visto su posición y su papel señalados por la táctica— existe en la mayoría de los casos un largo intervalo; ocurre lo mismo entre una catástrofe decisiva y otra.

Antiguamente, estos intervalos, en cierta medida, no pertenecían en absoluto a la guerra.

Tomemos por ejemplo la manera en que Luxemburgo acampaba y marchaba. Elegimos a este general porque es célebre por sus campamentos y marchas, y por lo tanto puede ser considerado un general representativo de su época, y a partir de la Histoire de la Flandre militaire, sabemos más acerca de él que de otros generales de aquel tiempo.

El campamento se establecía regularmente con la retaguardia pegada a un río, un pantano o un valle profundo, lo cual en la actualidad se consideraría una locura.

La dirección en la que se encontraba el enemigo tenía tan poco que ver con la determinación del frente del ejército, que son muy comunes los casos en los que la retaguardia estaba orientada hacia el enemigo y el frente hacia el propio país.

Este modo de proceder, hoy inaudito, resulta perfectamente incomprensible a menos que supongamos que en la elección de los campamentos la comodidad de las tropas era la consideración principal, de hecho casi la única, y que por lo tanto consideremos el estado de campamento como un estado ajeno a la acción de la guerra, una especie de retirada tras bambalinas, donde uno se encuentra en total tranquilidad.

La costumbre de apoyar siempre la retaguardia en algún obstáculo puede considerarse como la única medida de seguridad que se adoptaba entonces, por supuesto, en el sentido del modo de hacer la guerra de aquella época, pues semejante medida era del todo incompatible con la posibilidad de verse obligado a combatir en esa posición.

Pero había pocos motivos de temor al respecto, porque las batallas dependían por lo general de una especie de entendimiento mutuo, a la manera de un duelo, en el que las partes acuden a una cita conveniente.

Como los ejércitos, en parte debido a su numerosa caballería, que en la decadencia de su esplendor aún era considerada, particularmente por los franceses, como el arma principal, y en parte debido a la pesada organización de su orden de batalla, no podían combatir en cualquier tipo de terreno, un ejército en un terreno abrupto y accidentado se encontraba, por decirlo así, bajo la protección de un territorio neutral; y como él mismo apenas podía hacer uso del terreno escabroso, se consideraba preferible salir al encuentro de un enemigo que buscaba el combate.

Sabemos, en efecto, que las batallas de Luxemburgo en Fleurus, Steinkirk y Neerwinden se concebían con un espíritu diferente; pero este espíritu acababa de liberarse bajo este gran general del antiguo método, y aún no había repercutido en el método de acampada.

Las alteraciones en el arte de la guerra se originan siempre en asuntos de naturaleza decisiva y conducen después gradualmente a modificaciones en otras cosas.

La expresión il va à la guerre, utilizada en referencia a un partidario que partía para vigilar al enemigo, muestra cuán poco se consideraba que el estado de un ejército en el campamento fuera un estado de guerra real.

No muy diferente era el caso de las marchas, pues la artillería se separaba entonces por completo del resto del ejército, con el fin de aprovechar caminos mejores y más seguros, y la caballería de los flancos solía alternar el lado derecho, para que cada una tuviera a su vez su parte de la honra de marchar por la derecha.

En la actualidad (es decir, principalmente desde las guerras de Silesia), la situación fuera de combate está tan profundamente influenciada por su conexión con el combate que ambos estados se encuentran en íntima correlación, y ya no se puede concebir plenamente el uno sin el otro.

Antiguamente, en una campaña, la batalla era el arma real, y la situación en los demás momentos, únicamente la empuñadura; aquella era la hoja de acero, y esta, el mango de madera pegado a ella, por lo que el conjunto se componía de partes heterogéneas; ahora, la batalla es el filo, y la situación fuera de combate, el lomo de la hoja, debiendo considerarse el conjunto como un metal totalmente soldado, en el que ya es imposible distinguir dónde termina el acero y dónde empieza el hierro.

Este estado en la guerra fuera de la batalla se halla regulado ahora en parte por la organización y los reglamentos con los que el ejército acude preparado desde el estado de paz, y en parte por las disposiciones tácticas y estratégicas del momento. Las tres situaciones en las que puede encontrarse un ejército son acantonado, en marcha o en campamento. Las tres pertenecen tanto a la táctica como a la estrategia, y estas dos ramas, que aquí lindan entre sí de muchas maneras, a menudo parecen fundirse —o lo hacen realmente—, de modo que muchas disposiciones pueden considerarse al mismo tiempo tácticas y estratégicas.

Trataremos de estas tres situaciones de un ejército fuera del combate de un modo general, antes de que ningún objeto especial entre en relación con ellas; pero debemos considerar, ante todo, la disposición general de las fuerzas, porque esta es una medida superior y más amplia, determinante en lo que respecta a los campamentos, acantonamientos y marchas.

Si consideramos la disposición de las fuerzas de un modo general, es decir, prescindiendo de cualquier objetivo especial, solo podemos concebirla como una unidad, es decir, como un todo destinado a combatir en conjunto, pues cualquier desviación de esta forma más simple implicaría un objetivo especial. De este modo surge, por tanto, la concepción de un ejército, ya sea pequeño o grande.

Además, cuando hay una ausencia de cualquier fin especial, solo queda como único objeto la preservación del propio ejército, lo que por supuesto incluye su seguridad.

Que el ejército pueda existir sin inconvenientes, y que pueda concentrarse sin dificultad con el propósito de combatir, son, por tanto, las dos condiciones requeridas.

De estas se desprenden, como deseables, los siguientes puntos aplicables de manera más inmediata a los asuntos concernientes a la existencia y seguridad del ejército.

  1. Facilidad de subsistencia.
  1. Facilidad para proporcionar alojamiento a las tropas.
  1. Seguridad de la retaguardia.
  1. Un país abierto enfrente.
  1. La posición misma en un país destrozado.
  1. Puntos estratégicos d’appui.
  1. Una distribución adecuada de las tropas.

Nuestra aclaración de estos diversos puntos es la siguiente:

Los dos primeros nos llevan a buscar los distritos cultivados, y las grandes ciudades y caminos. Determinan las medidas en general más bien que en particular.

En el capítulo sobre las líneas de comunicación se encontrará lo que queremos decir con seguridad de la retaguardia. El primer y más importante punto a este respecto es que el centro de la posición debe formar un ángulo recto con la principal línea de retirada contigua a la posición.

Respeto al cuarto punto, un ejército ciertamente no puede otear una extensión de terreno frente a sí de la misma manera que contempla el espacio situado directamente ante él cuando se encuentra en posición táctica de combate.

Pero los ojos estratégicos son la guardia avanzada, los exploradores y patrullas enviados al frente, los espías, etcétera, etcétera, y el servicio les resultará naturalmente más fácil en un país abierto que en uno cruzado por accidentes geográficos.

El quinto punto no es más que lo inverso del cuarto.

Los puntos de apoyo estratégicos difieren de los tácticos en estos dos aspectos: en que el ejército no necesita estar en contacto inmediato con ellos y en que, por otra parte, deben ser de mayor extensión. La causa de esto es que, según la naturaleza de las cosas, las relaciones de tiempo y espacio en las que se mueve la estrategia son generalmente a mayor escala que las de la táctica.

Si, por tanto, un ejército se sitúa a una distancia de una milla de la costa o de las orillas de un gran río, se apoya estratégicamente en estos obstáculos, ya que el enemigo no puede hacer uso de un espacio semejante para efectuar un movimiento de maniobra estratégica. Dentro de sus estrechos límites no puede aventurarse en marchas de millas de longitud, que ocupan días y semanas.

Por otra parte, en estrategia, un lago de varias millas de circunferencia difícilmente puede ser considerado como un obstáculo; en sus operaciones, unas pocas millas a la derecha o a la izquierda no son de mucha consecuencia. Las fortalezas se convertirán en puntos de apoyo estratégicos según sean grandes y ofrezcan una amplia esfera de acción para las combinaciones ofensivas.

La disposición del ejército en masas separadas puede hacerse con vistas a objetos y necesidades especiales, o bien a los de carácter general; aquí sólo podemos hablar de estos últimos.

La primera necesidad general es hacer avanzar la guardia avanzada y las demás tropas necesarias para vigilar al enemigo.

La segunda es que, con ejércitos muy numerosos, las reservas suelen situarse a varias millas en la retaguardia y, por consiguiente, ocupan una posición separada.

Por último, la cobertura de ambas alas de un ejército suele requerir una disposición separada de cuerpos particulares.

Por esta cobertura no se entiende en absoluto que deba destacarse una parte del ejército para defender el espacio alrededor de sus alas con el fin de evitar que el enemigo se acerque a estos puntos llamados débiles: ¿quién defendería entonces las alas de estos cuerpos de flanco?

Este tipo de idea, que es tan común, es una completa estupidez.

Las alas de un ejército no son en sí mismas puntos débiles por esta razón: el enemigo también tiene alas y no puede amenazar las nuestras sin poner en peligro las suyas propias.

Solo si las circunstancias son desfavorables, si el ejército del enemigo es mayor que el nuestro, si sus líneas de comunicación son más seguras (véase Líneas de comunicación), solo entonces las alas se convierten en partes débiles; pero no estamos hablando ahora de estos casos especiales y, por lo tanto, tampoco de aquel en el que se designa un cuerpo de flanco, en conexión con otras combinaciones, para defender eficazmente el espacio de nuestras alas, ya que eso deja de pertenecer a la categoría de las disposiciones generales.

Pero aunque las alas no son partes particularmente débiles, no obstante son de especial importancia, porque aquí, debido a los movimientos de flanco, la defensa no es tan simple como en el frente, las medidas son más complicadas y requieren más tiempo y preparación.

Por esta razón es necesario en la mayoría de los casos proteger las alas especialmente contra empresas imprevistas por parte del enemigo, y esto se hace colocando en las alas masas más fuertes de lo que se requeriría para meros fines de observación.

Para presionar fuertemente a estas masas, incluso si no oponen una resistencia muy seria, se requiere más tiempo, y cuanto más fuertes son, más debe desarrollar el enemigo sus fuerzas y sus intenciones, y por ese medio se alcanza el objeto de la medida; lo que deba hacerse después depende de los planes particulares del momento.

Podemos, por tanto, considerar los cuerpos colocados en las alas como guardias avanzadas laterales, destinadas a retrasar el avance del enemigo a través del espacio más allá de nuestras alas y darnos tiempo para hacer disposiciones que contrarresten su movimiento.

Si estos cuerpos han de replegarse sobre el grueso del ejército y este último no ha de realizar al mismo tiempo un movimiento retrógrado, se desprende por sí mismo que no deben encontrarse en la misma línea que el frente del grueso, sino adelantados de algún modo, porque cuando se va a efectuar una retirada, aun sin que vaya precedida de un combate serio, no deben retirarse directamente hacia el flanco de la posición.

De estas razones de carácter subjetivo, en la medida en que se relacionan con la organización interna de un ejército, surge un sistema natural de disposición, compuesto de cuatro o cinco partes según que la reserva permanezca con el cuerpo principal o no.

Como la subsistencia y el alojamiento de las tropas deciden en parte la elección de una posición en general, también contribuyen a una disposición en divisiones separadas. La atención que exigen entra en consideración junto con las demás consideraciones antes mencionadas; y procuramos satisfacer la una sin perjuicio de la otra. En la mayoría de los casos, mediante la división de un ejército en cinco cuerpos separados, se superarán las dificultades de subsistencia y acuartelamiento, y no se requerirá después ninguna modificación importante por su causa.

Aún nos queda echar una ojeada a las distancias a las que se puede permitir que se sitúen estos cuerpos separados, si hemos de mantener a la vista la ventaja del apoyo mutuo y, por consiguiente, de la concentración para el combate. Sobre este tema recordamos a nuestros lectores lo que se dice en los capítulos sobre la duración y la decisión del combate, según los cuales no se puede dar ninguna distancia absoluta, sino únicamente las reglas más generales, por decirlo así, orientativas, debido a que la fuerza absoluta y relativa de las armas y el país ejercen una gran influencia.

La distancia de la vanguardia es la más fácil de determinar, ya que en la retirada recae sobre el cuerpo principal del ejército y, por lo tanto, puede estar en todo caso a la distancia de la marcha de un día largo sin correr el riesgo de verse obligada a librar un combate independiente.

Pero no debe enviarse más adelante de lo que la seguridad del ejército requiere, porque cuanto más lejos tenga que retroceder, más sufre.

Respetando a los cuerpos en los flancos, como ya hemos dicho, el combate de una división ordinaria de 8000 a 10 000 hombres suele durar varias horas, incluso medio día antes de decidirse; por esta razón, por lo tanto, no debe haber vacilación en colocar a dicha división a una distancia de algunas leguas o una o dos millas, y por el mismo motivo, cuerpos de tres o cuatro divisiones pueden ser destacados a la distancia de una marcha de un día o de tres o cuatro millas.

De esta disposición natural y general del cuerpo principal, en cuatro o cinco divisiones a distancias determinadas, ha surgido cierto método de dividir un ejército de manera mecánica siempre que no existan razones especiales de peso en contra de este método ordinario.

Pero aunque suponemos que cada una de estas distintas partes de un ejército es capaz de emprender un combate independiente, y puede verse obligada a librarlo, de ahí no se sigue en modo alguno que el verdadero objetivo de fraccionar un ejército sea que las partes luchen por separado; la necesidad de esta distribución del ejército es por lo general solo una condición de existencia impuesta por el tiempo.

Si el enemigo se acerca a nuestra posición para probar la suerte de una acción general, el período estratégico ha terminado, todo se concentra en el único momento de la batalla, y con ello termina y se desvanece el objetivo de la distribución del ejército.

Tan pronto como comienza la batalla, las consideraciones sobre acuartelamiento y subsistencia quedan suspendidas; la observación del enemigo ante nuestro frente y en nuestros flancos ha cumplido el propósito de contener su avance mediante una resistencia parcial, y ahora todo se reduce a la única gran unidad: la gran batalla.

El mejor criterio de habilidad en la disposición de un ejército radica en la prueba de que la distribución se ha considerado meramente como una condición, como un mal necesario, pero que la acción unida en la batalla se ha considerado el objeto de la disposición.

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