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CAPÍTULO VIII. Paso de ríos

  1. Un gran río que cruza la dirección del ataque resulta siempre muy inconveniente para el atacante: pues, una vez que lo ha cruzado, por lo general queda limitado a un solo punto de paso y, por lo tanto, a menos que permanezca cerca del río, sus movimientos se ven muy entorpecidos. Ya sea que piense en librar una batalla decisiva después de cruzarlo, o que espere que el enemigo lo ataque, se expone a un gran peligro; por consiguiente, a menos que posea una superioridad decidida, tanto en fuerza moral como física, un general no se colocará en tal posición.
  1. A partir de esta mera desventaja de colocar un río a espaldas de un ejército, un río es mucho más a menudo capaz de defensa de lo que lo sería en otro caso. Si supondremos que esta defensa no se considera el único medio de seguridad, sino que está planificada de tal modo que, incluso si fracasa, aún se puede presentar batalla cerca del río, entonces el atacante en sus cálculos debe sumar a la resistencia que pueda experimentar en la defensa del río, todas las ventajas mencionadas en el núm. 1 como favorables al defensor de un río; y el efecto de ambas juntas es que por lo ordinario vemos que los generales muestran un gran respeto hacia un río antes de atacarlo, si este está defendido.
  1. Pero en el libro precedente hemos visto que, bajo ciertas condiciones, la defensa real de un río promete excelentes resultados; y si nos remitimos a la experiencia, debemos admitir que tales resultados se producen en realidad con mucha más frecuencia de lo que la teoría promete, porque en la teoría solo calculamos con las circunstancias reales tal como las encontramos, mientras que en la ejecución las cosas le parecen comúnmente al atacante mucho más difíciles de lo que realmente son y, por tanto, se convierten en un mayor obstáculo para su acción.

Supongamos, por ejemplo, un ataque que no pretenda terminar en una gran solución, y que no se lleve a cabo con una energía absoluta; podemos estar seguros de que al ejecutarlo surgirán una serie de pequeños obstáculos y accidentes, que ninguna teoría podría haber previsto, en desventaja del asaltante, porque él es la parte activa y, por lo tanto, debe ser el primero en entrar en colisión con tales impedimentos. ¡Pensemos por un momento en cuántas veces algunos de los insignificantes ríos de Lombardía han sido defendidos con éxito!—Si, por otra parte, en la historia militar también se pueden encontrar casos en los cuales la defensa de los ríos no logró cumplir lo que de ellos se esperaba, ello se debe a los resultados extravagantes que a veces se pretendían de este medio; resultados que no se basan de ningún modo en su naturaleza táctica, sino meramente en su conocida eficacia, a la cual se creía que no había límites.

  1. Solo cuando el defensor comete el error de poner su entera confianza en la defensa de un río, de modo que en caso de ser forzado se ve envuelto en una gran dificultad, en una especie de catástrofe; solo entonces puede considerarse la defensa de un río como una forma de defensa favorable para el ataque, ya que es ciertamente más fácil forzar el paso de un río que ganar una batalla ordinaria.
  1. Se deduce por sí mismo de lo que acaba de decirse que la defensa de un río puede adquirir un gran valor si no se desea una solución importante, pero cuando esta ha de esperarse, ya sea por la superioridad numérica o la energía del enemigo, entonces este medio, si se utiliza erróneamente, puede volverse en ventaja positiva del asaltante.
  1. Hay muy pocas líneas fluviales de defensa que no puedan ser desbordadas, ya sea en toda su longitud o en algún punto determinado. Por consiguiente, el atacante, superior en número y decidido a dar golpes serios, dispone de los medios para hacer una demostración en un punto y cruzar por otro, y luego, mediante la superioridad numérica y el avance, sin importarle ninguna oposición, puede subsanar cualquier relación desventajosa en la que se haya podido ver colocado por el resultado de los primeros encuentros; pues su superioridad general le permitirá hacerlo. Raras veces ocurre que el paso de un río sea forzado tácticamente en la práctica abrumando el puesto principal del enemigo mediante el efecto de un fuego superior y mayor valor por parte de las tropas, y la expresión forzar un paso solo debe tomarse en un sentido estratégico, en la medida en que el atacante, al realizar el paso por un punto indefendido o levemente defendido dentro de la línea de defensa, desafía todos los peligros que, según la perspectiva del defensor, debían sobrevenirle a consecuencia del cruce.—Pero lo peor que puede hacer un atacante es intentar un paso real en varios puntos, a menos que estos se encuentren muy cerca unos de otros y permitan que todas las tropas se unan al combate; pues, dado que el defensor debe tener necesariamente sus fuerzas separadas, si el atacante divide las suyas de la misma manera, desperdicia su ventaja natural. De ese modo perdió Bellegarde la batalla del Mincio en 1814, donde, por casualidad, ambos ejércitos cruzaron por distintos puntos al mismo tiempo, y los austriacos quedaron más divididos que los franceses.
  1. Si el defensor permanece en este lado del río, se sigue necesariamente que hay dos maneras de obtener una ventaja estratégica sobre él: o bien cruzar por algún punto, sin importar su posición, y ganarle así la partida con los mismos medios, o bien presentar batalla.

En el primer caso, las relaciones de la base y las líneas de comunicaciones deben decidir principalmente, pero a menudo sucede que las circunstancias especiales ejercen más influencia que las relaciones generales; quien sepa elegir las mejores posiciones, quien sepa mejor cómo hacer sus disposiciones, quien sea mejor obedecido, cuyo ejército marche más rápido, etc., podrá competir con ventaja frente a las circunstancias generales.

En cuanto al segundo medio, presupone por parte del atacante los medios, las relaciones adecuadas y la determinación de luchar; pero cuando se pueden presuponer estas condiciones, el defensor no se aventurará fácilmente a emplear este modo de defender un río.

  1. Como resultado final, debemos por lo tanto emitir la opinión de que, aunque el paso de un río en sí mismo rara vez presenta grandes dificultades, sin embargo, en todos los casos que no están inmediatamente relacionados con una gran decisión, tantas aprehensiones sobre las consecuencias y sobre futuras complicaciones van ligadas a él, que en todo caso el progreso del atacante puede fácilmente verse detenido hasta el punto de que o bien deja al defensor a este lado del río, o bien cruza y luego permanece cerca del río. Pues raras vez ocurre que dos ejércitos permanezcan mucho tiempo enfrentados el uno al otro en diferentes orillas de un río.

Pero también en los casos de una gran solución, un río es un objeto importante; siempre debilita y desorganiza la ofensiva; y lo más afortunado, en este caso, es que el defensor sea inducido por ello a considerar el río como una barrera táctica, y a hacer de la defensa particular de esa barrera el acto principal de su resistencia, de modo que el atacante obtenga de inmediato la ventaja de poder asestar un golpe decisivo de manera muy sencilla.—Ciertamente, en un principio, este golpe nunca equivaldrá a una derrota completa del enemigo, sino que consistirá en varios combates ventajosos, y estos provocarán un estado de las relaciones generales muy desfavorable para el enemigo, como les sucedió a los austriacos en el Bajo Rin en 1796.

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